“Papá, estoy en el Everest”

“Papá, estoy en el Everest”

Por la noche, después de cenar, me siento en el sofá a darle un merecido  descanso al cuerpo y a la mente. Son momentos de relax, donde el “modo psicólogo” está apagado. Uno de los programas en los que me quedo a veces cuando zapeo es el de Jesús Calleja, un aventurero que se plantea diversos retos y va grabándolo todo con una cámara. Unas veces atraviesa el desierto, otras veces cruza la selva y otras, escala montañas. Es un tipo extrovertido y amistoso que sabe transmitir con naturalidad la emoción de la aventura.

En el programa de aquel día que os quiero comentar, Calleja relataba la mayor de las hazañas a la que puede aspirar un alpinista, la escalada al Everest, el súmmum del aventurero. Tras superar todas las dificultades habidas y por haber, frío, hambre, lluvias y ventiscas, el cielo se despejó y lograron llegar a la cima. Yo compartía, desde el sofá, las emociones de ese grupo de personas. En otro momento, me hubiera preguntado por la necesidad de adicción a la adrenalina de esas personas que les lleva a poner su vida en peligro, pero ese día estaba, simplemente, viéndolo como un espectador más.

Desde la cima, tras sacarse las fotos de rigor, veo que el protagonista saca un teléfono vía satélite y llama a su padre para contarle que había llegado hasta ahí, hasta el punto más alto del planeta. Justo en ese momento, el “modo psicólogo” (que nunca está dormido del todo) se activó inmediatamente con todas las luces de alarma encendidas. ¿Qué estaba haciendo? ¿está llamando a su padre para decirle que está en la cima del Everest? Mi mente bullía, recordando algunas historias de mis pacientes, pensando en patrones de comportamiento asumidos en la infancia, niños desamparados que buscan maneras de ser reconocidos y mil cosas más.

No conozco nada de la vida de Jesús Calleja, no puedo juzgarle por un solo hecho. En realidad, me parece un hombre simpático y afable que hace buenas migas con todo el mundo, pero el detalle de esa llamada a su padre me hizo pensar en otros personajes famosos, exploradores y aventureros que arriesgan sus vidas por ser los primeros en llegar a cualquier lugar del planeta o por conseguir el “más difícil todavía”.

Quizás me equivoque si generalizo, pero en estos personajes, con sus grandes hazañas, veo a un niño desesperado por lograr la atención y el reconocimiento de sus padres. No lo obtuvieron de pequeños y siguen buscándolo. En un principio, buscaban destacar entre su grupo de amigos y en el colegio, quizás son los niños más atrevidos, los que se suben más alto, los que van a buscar el balón cuando cae cerca de la caseta del perro. Son los más valientes y los más admirados. En esos momentos, llenos de tensión, la adrenalina fluye por sus cuerpos y les proporciona un momento de sublime excitación. Más adelante, siguen con esa misma necesidad. La admiración de los demás es un refuerzo muy poderoso, pero, además, han aprendido que hay una droga muy poderosa que llena aquel vacío primigenio que sintieron de pequeños cuando sus padres no estaban presentes. La adrenalina engancha y es muy barata, sólo precisamos buscar las situaciones propicias para sentir ese “subidón”. Todos los deportes de riesgo proporcionan estos dos refuerzos tan poderosos, la adrenalina y la admiración de los demás.

La pregunta que surge es si tanto riesgo sirve de algo y, según lo veo yo, la respuesta es que no. Obtienen el beneficio de la admiración de los demás y la descarga de adrenalina, pero eso nunca es suficiente, no llena el vacío inmenso que dejó la carencia de mirada sufrida en la infancia. No sacia, porque lo que siguen buscando es el reconocimiento de papá.

Lo que no saben es que ese cariño y esa atención que no tuvieron en su infancia, ya no va a llegar. Y, mientras tanto, siguen arriesgando su vida. Se calcula que más de 300 personas han muerto subiendo al Everest, y eso que no es de las más peligrosas. La montaña más letal es el Annapurna, con un 40% de los escaladores que intentan la ascensión muertos.

Me pregunto si todos los grandes descubridores y admirados aventureros se moverán por estos mismos motivos que estamos comentando ¿qué importancia tiene ser el primero en llegar al polo norte o en “descubrir” tal o cual accidente geográfico? ¿qué hacemos por pasar a la historia, por ser famosos?

Y para terminar, me gustaría contaros una anécdota que vi en un documental sobre descubridores. Dos ancianos de una tribu africana, se reían a mandíbula batiente cuando recordaban la leyenda que se contaba en su aldea sobre un hombre blanco que había llegado a sus tierras en el s.XIX y que se enorgullecía de haber descubierto un lago o unas cataratas (no lo recuerdo). No podían contener sus carcajadas: “jajaja!! Decía que lo había descubierto y estaba ahí desde siempre!!”.

En fin, ya nos hablaba Einstein de la relatividad, lo que a unos les hace arriesgar sus vidas, a otros les provoca risa.

 

Texto: Ramón Soler

Foto: stevehicks

Acerca del autor

Ramón Soler Ramón Soler - rsoler@mentelibre.es Psicólogo Colegiado Sanitario experto en Terapia Regresiva Reconstructiva, Hipnosis Clínica, Psicologia Pre y Perinatal, Psicología infantil y Psicología de la Mujer. Escritor, Divulgador y Conferenciante. En la actualidad pasa consulta Online para todo el mundo y Presencial en Málaga (España). Compagina esta labor con la de Codirector, Autor y Administrador de este Blog. Puedes visitar más sobre su trabajo como Psicólogo en : www.regresionesterapeuticas.com