Los peligros del perdón

Los peligros del perdón

Alice Miller: “Perdonar no nos ayuda en nada, mientras el perdón oculte lo que pasó (…) puesto que el amor y la automitificación se excluyen mutuamente. El verdadero amor soporta la verdad. La mentira, la negación del sufrimiento pasado en los primeros años de vida, engendran el odio transferido sobre inocentes.”

Releyendo la entrada que publicamos el año pasado sobre el perdón y ésta más reciente de nuestro amigo José Luis Cano, nos pareció oportuno ahondar un poco más en este tema tan controvertido que aún sigue siendo tabú para la mayoría de las organizaciones religiosas y, lo que es peor, para un buen número de corrientes psicoterapéuticas.

Dicen los que hablan del perdón que guardar rencor y alimentar la ira no es sano y que hacerlo, solamente nos lleva a seguir sufriendo por daños que nos infligieron en el pasado. Esto es obvio y no puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, las soluciones al trauma que ofrecen sus doctrinas, desde el punto de vista psicológico, no resultan nada provechosas para poder superarlo. Consejos como “Perdone y suelte. Cuando se libere de esos sentimientos, vivirá en paz interior. El pasado es pasado, hay que empezar de cero, borrón y cuenta nueva”, tan sólo me parecen maneras forzadas de ponernos una venda para evitar ver lo que sucedió y, de este modo, supuestamente, huir de la realidad. Y digo “supuestamente” porque al inconsciente no se le puede engañar y, con el tiempo, el trauma resurgirá.

Si perdonas porque es lo que te han dicho y, además, se supone que es lo que debes hacer, sin haber trabajado tu historia y sin expresar las emociones negativas que los hechos te provocaron, lo que estás ocasionando no es liberarte de esas emociones, aunque éstas desaparezcan momentáneamente. Lo que pasa, en realidad, es que las estás reprimiendo aún más. Sucede igual que cuando metemos bajo el agua una pelota de playa, cuando más abajo la queremos llevar, más presión acumula y, en cuanto la soltamos, más fuerza la empuja hacia arriba y más violencia muestra al salir. Todo lo que reprimimos puede quedar en letargo durante largos años, haciéndonos pensar que de verdad lo hemos olvidado, pero, tarde o temprano, alguna situación hace estallar la fabulosa y frágil torre de cristal antaño construida bajo la excusa del perdón.

Como ya comenté en la entrada anterior, suele ser muy habitual que esa energía reprimida, que no dejamos salir de ninguna manera se dirija, entonces, hacia uno mismo, provocando todo un ramillete de enfermedades somáticas, que no son sino una señal de nuestro cuerpo de que algo va mal. Has “perdonado” a los demás, pero te has traicionado a ti mismo.

El perdón auténtico debe empezar por entender todo lo sucedido y poder expresar las emociones que tuvimos que reprimir en el pasado. Debemos reforzarnos para poder tomar el control de nuestra vida y no permitirnos volver a sucumbir ante situaciones parecidas. Podría ser algo así como “no permitiré que esto me suceda de nuevo”.

Sólo mediante la liberación, llegaremos a la comprensión y a la compasión.

Según lo entiendo, la compasión hacia los que nos hicieron daño en el pasado, nos va a permitir relacionarnos de otra manera con esas personas, no sentir odio ni deseo de venganza, pero, si es necesario, poder poner distancia entre ellas y nosotros. Una vez escuché a una monja budista poner un ejemplo sobre este tema. Se supone que los budistas saben bastante de la compasión y me gustó cómo lo enfocaba. Me ha servido como punto de partida para crear esta pequeña historia:

 

Imaginemos a un hombre paseando por el campo, disfrutando de la naturaleza y de una agradable brisa. Sin previo aviso, aparece un león y le ataca. Le es imposible defenderse, la diferencia de fuerzas es abismal y su vida está en las garras de aquella fiera salvaje. Por suerte, logra sobrevivir, pero como recordatorio  de la agresión, su cuerpo queda marcado de por vida por unas tremendas cicatrices.

Durante un tiempo, guarda un profundo rencor hacia su atacante y el deseo de venganza no le deja descansar por las noches. Ante su sufrimiento, todos sus seres queridos y los “maestros” de las distintas religiones que visita, le animan a perdonar y olvidar para liberarse de esas emociones que le atormentan. Le dicen que no debe acumular ira en su interior y que lo mejor que puede hacer es perdonar y amar a aquél león que le atacó. Lo hace y se siente mejor, todos se alegran por él y consigue dormir mejor por las noches, aunque no todas, porque de vez en cuando, el león se cuela en sus pesadillas.

Al perdonar al león, como le dijeron, le parece sentir que el amor hacia éste va creciendo en su interior y, un día, decide volver a pasar por la zona donde vivía su agresor para hacerle ver que, no sólo no le guarda rencor alguno, sino que le ama con todo su corazón y ya casi había olvidado lo que le hizo. Cuando ya está cerca de la zona del primer ataque, aparece el león y se abalanza de nuevo sobre él. Le desgarra con sus zarpas, le muerde y le abre las viejas heridas. Por segunda vez, sobrevive y puede volver a casa. Esta vez, las heridas tardan más en curar y, mientras tanto, él se pregunta por qué la vida le trata así, con todo el amor que sentía y con lo que le había costado perdonar al león.

Al tiempo, pasó por el pueblo un experto en felinos que estaba estudiando la vida de los leones de aquella zona. Nuestro protagonista le contó sus experiencias con el león, cómo le había perdonado, pero cómo éste le había vuelto a atacar. Cuando hubo acabado su relato, el experto, a su vez, le habló de la escasez de comida y de agua, del hambre que estaba pasando el león, de su agresividad, de que los grandes felinos son seres territoriales que atacan a cualquier intruso que penetre dentro de su zona. A medida que el hombre le explicaba el porqué del comportamiento del animal, fue entendiendo la naturaleza del león. No le atacaba por ser él como pensaba, sino que el animal hubiera agredido a cualquiera que se hubiera aventurado a cruzar su territorio. El felino lo único que hacía era seguir sus instintos primitivos.

Por primera vez en mucho tiempo, pudo respirar tranquilo. Sintió que la rabia acumulada perdía fuerza a medida que entendía que el león era así y no podía escapar de su naturaleza. Cuando más lo comprendía, le parecía que ya no era necesario “perdonar” como le habían dicho sus familiares y sus consejeros religiosos. La comprensión fue madurando y se tornó en compasión. Ya no le deseaba mal alguno a aquel león, esperaba que pudiera tener agua y comida para poder vivir, pero también pensó que, a él, no le apetecía ser la comida que saciara el hambre del animal. Pudo decidir, entonces, no volver a pasar por el territorio del león, mantener una sana distancia para evitar otro ataque.

 

Texto: Ramón Soler

Foto: flickr, Corey Leopold

Acerca del autor

Ramón Soler Ramón Soler - rsoler@mentelibre.es Psicólogo Colegiado Sanitario experto en Terapia Regresiva Reconstructiva, Hipnosis Clínica, Psicologia Pre y Perinatal, Psicología infantil y Psicología de la Mujer. Escritor, Divulgador y Conferenciante. En la actualidad pasa consulta Online para todo el mundo y Presencial en Málaga (España). Compagina esta labor con la de Codirector, Autor y Administrador de este Blog. Puedes visitar más sobre su trabajo como Psicólogo en : www.regresionesterapeuticas.com