¿Es genético el aprendizaje de la lectura?

¿Es genético el aprendizaje de la lectura?

En un reciente capítulo de Redes, Eduard Punset entrevistó al experto genetista, Svante Pääbo, del Instituto Max-Planck de Antropología Evolutiva (Leipzig, Alemania). Durante el programa, Pääbo comentó un experimento que realizó en Siberia su colega Dimitri Belyaev sobre la domesticación del zorro plateado. Con el objetivo de obtener unos zorros que fueran fáciles de manipular (en beneficio de la industria peletera) emparejaron a los más dóciles entre ellos. Fueron seleccionando sistemáticamente a los zorros menos dispuestos a morder y que menos estrés mostraban ante los humanos y los aparearon entre ellos (machos y hembras, obviamente). En pocas generaciones, obtuvieron unos zorros más dóciles y casi parecidos a los perros, se dejaban acariciar, movían la colita y hasta el pelaje cambió apareciendo nuevos patrones de marcas blancas o negras (lo que restó su valor comercial y por ello concluyeron los experimentos). También realizaron una selección parecida con ratas, logrando un grupo de ratas mansas y otro de ratas extremadamente agresivas en unas 40 generaciones, un período de tiempo corto, genéticamente hablando. La dóciles se paseaban tranquilamente por el brazo del experimentador, mientras que las violentas saltaban como locas hacia los barrotes intentando morder a cualquier persona que se acercara a su territorio.

Semejante experiencia, parecería, a priori, corroborar la idea de que la violencia está predeterminada genéticamente. De hecho, a Pääbo le resultaron tan sugerentes los experimentos de Belyaev,  que quiso analizar a las ratas para encontrar el GEN de la agresividad. Sin embargo, todavía no ha podido encontrarlo. Quizás pueda identificar algunos genes que predispongan de alguna manera a la agresividad, pero dudo mucho de que se encuentre el Santo Grial que buscan los genetistas, el GEN que causa que seamos buenos o malos. Basar el comportamiento en una explicación puramente genética es demasiado reduccionista, el tema es mucho más complejo y hay muchos más factores implicados en la conducta animal y, obviamente, en la humana.

Imagino que un experto en genética, estará, por su profesión, condicionado para ver por todos sitios la influencia del ADN, pero en las últimas décadas, esta postura tan constreñida ha ido evolucionando a favor de la epigenética, disciplina que explica cómo el entorno hace que se activen o no determinados genes. Los fieles seguidores del ADN, siempre han buscado en los genes la explicación para todo comportamiento humano, despreciando el ambiente en el que vive la persona, incluso, desde el embarazo. Este empecinamiento por el determinismo genético, nos puede llevar a cometer el error de dejar de lado, otros factores igual o más importantes a la hora de explicar las conductas del ser humano.

Me gustaría aclarar que no estoy en contra de los avances en genética. Me parece estupendo que puedan encontrar la solución a ciertas enfermedades que sí tienen un origen en el ADN. Pero, admitiendo que hay algunas mutaciones que sí provocan determinadas enfermedades, por lo general, la genética nos proporciona un abanico de posibilidades, pero el ambiente (desde la etapa uterina) hace que éstos se expresen de una manera u otra.

A imitación de Belyaev, con sus zorros plateados, se me ocurre un experimento, obviamente imaginario, para tratar de explicar el peligro de centrarnos únicamente en la genética obviando la influencia de otros factores. Seleccionemos dos grupos de personas, uno de aficionados empedernidos a la lectura y otro de personas que apenas lean. Es de suponer que los hijos de los lectores se interesen más por los libros que los niños del segundo grupo.

Ahora, imaginemos que los dos grupos están aislados, de modo que no se puedan reproducir entre ellos. Los lectores sólo se emparejan con los de su grupo, mientras que los no lectores hacen lo mismo con sus iguales.

No debería resultar extraño que, al cabo de varias generaciones, tuviéramos dos poblaciones totalmente distintas; unos leerían desde pequeñitos todo lo que cayera en sus manos, mientras que los otros jamás aprenderían a leer.

Si un genetista estudiara a esos niños cuando tuvieran 7 u 8 años y ya hubieran tenido la oportunidad de aprender o no a leer, podría concluir que la lectura tiene una base genética, ya que de padres y abuelos lectores, salen niños lectores y viceversa. Incluso, con toda seguridad, si estudiara los cerebros de esos niños con técnicas de neuroimagen, encontraría notables diferencias en las áreas encargadas del lenguaje, del reconocimiento de letras, etc. Todo ello sería tomado como evidencias a favor de la transmisión genética de la lectura.

A estas alturas del artículo, debemos recordar que la lectura se aprende y que lo anterior era un ejemplo del peligro que corremos si hacemos caso a los genetistas extremos. El error que comenten es confundir “genético” con “aprendido a edad muy temprana”. En el ejemplo de la lectura queda bastante claro, pero en el caso de la agresividad de las ratas es más difícil aprehender esa diferencia. Si las ratas viven un embarazo con una madre agresiva y sus primeras experiencias en el mundo son violentas, entonces, será normal que su cerebro se desarrolle de forma que potencie esa agresividad. Para sobrevivir, tanto animales como humanos, deben adaptarse al ambiente que les rodea.

Quizás la prueba que podría arrojar un poco de luz a este debate sería la de coger a un ratón recién nacido del grupo de los agresivos y llevarlo con las ratas mansas para que lo criaran. Si las tranquilas y cariñosas ratas de acogida consiguen que el ratoncillo sea pacífico, en contra de su supuesta predisposición genética hacia la violencia, podríamos decir que las primeras experiencias de vida (incluyendo la etapa uterina) son las que determinan si las ratas son violentas o pacíficas. Con algo más de mala idea, podríamos hacer la prueba inversa, hacer que una rata agresiva crie un ratoncillo “genéticamente” manso. ¿Qué pasaría? ¿Cuánto tiempo tardaría el ratoncillo tranquilo en mostrar comportamientos agresivos?

Seguiremos este apasionante debate sobre la genética y el ambiente. En una próxima entrada, profundizaremos sobre la epigenética para comprobar cómo el ambiente puede influir sobre el ADN. Pero me gustaría conocer vuestra opinión sobre el tema planteado hoy… ¿qué creéis que le sucederá al ratón de la familia agresiva adoptado por las madres pacíficas?

Texto: Ramón Soler

Acerca del autor

Ramón Soler Ramón Soler - rsoler@mentelibre.es Psicólogo Colegiado Sanitario experto en Terapia Regresiva Reconstructiva, Hipnosis Clínica, Psicologia Pre y Perinatal, Psicología infantil y Psicología de la Mujer. Escritor, Divulgador y Conferenciante. En la actualidad pasa consulta Online para todo el mundo y Presencial en Málaga (España). Compagina esta labor con la de Codirector, Autor y Administrador de este Blog. Puedes visitar más sobre su trabajo como Psicólogo en : www.regresionesterapeuticas.com