Entrevista en Bebés y más.

Entrevista en Bebés y más.

Esta semana queremos resumiros en una sola entrada la extensa conversación mantenida entre Mireia Long y Ramón Soler, publicada este verano, dividida en varias partes, en bebesymas.com

Quizás muchos ya las hayáis leído y sea un poco repetitivo, pero me parece una buena idea tener todas las partes reunidas en una sola entrada.

Hablamos sobre infancia, educación, apego, respeto y muchos otros temas. Estos son los enlaces a las originales de bebesymas.com y, más abajo, tenéis la entrevista completa:

1- Crianza respetuosa, límites y el origen de la violencia.

2- Efectos del maltrato en los niños.

3- Excusas y justificaciones del maltrato por parte de padres y de mucho profesionales.

4- Agresividad entre niños y otros tipos de violencia.

5- Respeto a los niños y cambios necesarios para nuestra sociedad.

Sin más, os dejamos con la entrevista:

¿Cómo definirías la crianza respetuosa?

Se podría definir como un acompañamiento que atienda al propio desarrollo evolutivo de cada niño, confiando en el proceso interno de regulación de cada persona y respetando, sin forzar o condicionar, sus tiempos madurativos.

Es una definición que comparto, pero se que muchos padres consideran que esto que se viene a llamar crianza natural o respetuosa tiene sus riesgos, pues los niños se terminan convirtiendo en seres caprichosos y sin límites. ¿La crianza respetuosa implica consentir a los niños?

Es un error muy frecuente pensar que respetar a los niños significa consentirles todo. Muchas personas han sufrido infancias restrictivas con padres muy autoritarios y no quieren que sus hijos vivan lo mismo que vivieron ellos, anhelan la libertad de la que carecieron en la infancia y, por ello, reniegan de cualquier cosa que se parezca a un límite y permiten que sus hijos hagan todo lo que quieran.

Tanto una opción como la otra, son igualmente desestabilizadoras para los niños.

Muchos padres viven la crianza de sus hijos con miedo a marcar límites y, con ello, lo que consiguen es no proporcionar un entorno seguro y adaptado a sus necesidades donde el niño pueda desarrollarse plenamente.

¿Qué quieres decir cuando hablas de límites?

Cuando hablo de límites, me refiero a límites físicos, pero, sobre todo, a límites emocionales que les permitan definirse ellos mismos y, también, entender que hay otros niños con necesidades y derechos iguales que los suyos.

Entiendo, pero dime, ¿cómo podemos acompañar los padres al niño en su proceso de enfrentarse y entender los límites?

En primer lugar, debemos entender que la vida tiene límites. Hay unos límites físicos (no podemos atravesar paredes, ni volar) y, también, en nuestra sociedad, tenemos unos límites morales (no podemos robar lo que nos apetezca de una tienda o pegar a alguien cuando no piense como nosotros).

Educar a un niño significa mostrarle estos límites y, también, proporcionarle herramientas para poder asumirlos de manera sana y sin frustración.

Pero, Ramón, lo de hablar de límites muchas veces se malinterpreta y los padres o la sociedad consideran que limitar es hacer que los niños obedezcan o que se adapten a nuestros deseos o a las convenciones arbitrarias adultas sin entender muchas cosas naturales en la infancia.

Los límites no son algo caprichoso ni arbitrario, sino que tratan de darle al niño una referencia de lo que es el mundo, de lo que es seguro y lo que no.

Con toda probabilidad, muchos de nosotros hemos crecido entre límites demasiado estrictos y absurdos que respondían al arbitrio de nuestros padres o profesores. Seguro que esas restricciones provenían de sus propios traumas y frustraciones, derivadas, a su vez, de los patrones educativos que ellos mismos recibieron.

Nuestra experiencia infantil con esos límites, puede hacer que, cuando seamos padres, recelemos de poner límites, pero debemos entender que los niños necesitan que les enseñemos unos límites coherentes para poder vivir en sociedad.

La vida es dura a veces y si les damos todo no van a estar preparados para ella, consideran muchas personas, que procuran que obediencia y frustración actuén para modelar y endurecer al niño. ¿Tu crees que hay que preparar a los niños para la dureza de la vida endureciéndolos con privaciones emocionales o castigos?

Depende de qué tipo de sociedad pretendamos. Sabemos que la violencia engendra más violencia y está demostrado que los niños maltratados son más violentos en el colegio que los que no lo han sido. Cuando esos niños sean adultos, serán agresivos con sus hijos, en su trabajo y en sus relaciones.

La sociedad es un reflejo de los individuos que la componen y, si las personas son violentas, tendremos una sociedad violenta.Si deseamos una sociedad más justa y pacífica, debemos romper con esa violencia retroalimentada generación tras generación. Sé que es difícil romper con esa inercia, pero debemos educar a los niños en el respeto, la empatía y el diálogo.

Dices que para una sociedad violenta nace de que las personas son violentas, pero, dime, ¿dónde está el origen de la violencia en la sociedad?

Nos puede dar la sensación de que vivimos en un mundo violento y que no podemos hacer nada porque es lo que hemos conocido desde siempre. Pero, si profundizamos un poco, veremos que el origen de la violencia se encuentra dentro de casa, en los maltratos, los insultos, las vejaciones y los abandonos que sufren muchos niños de puertas para adentro.

Esos niños arrastrarán consigo la semilla de la violencia por todo lo que sufrieron en su infancia y, cuando sean adultos, repetirán esos mismos patrones donde quiera que vayan.

La sociedad nos puede parecer un concepto abstracto, pero está formada por cada uno de nosotros. Cada uno contribuye a la sociedad con sus actitudes y su personalidad. Si nosotros somos violentos, la sociedad será violenta. Si multiplicamos lo que comentaba anteriormente por cientos o miles de millones de personas en todo el mundo, entenderemos el por qué de la violencia en nuestra sociedad.

Pero, entonces, quieres decir que los padres reproducen la violencia que sufrieron, ¿verdad?

Efectivamente. Todos los actos de violencia que recibimos en la infancia, no sólo los azotes, sino también los insultos, las miradas opresivas, las vejaciones y los abandonos, quedan guardados en nuestro interior. Seamos conscientes o no, cargamos con esa violencia.

Quizás, nuestra parte racional la pueda mantener a raya, pero en momentos de tensión o de cansancio extremo, ese control falla y nos aparecen las mismas actitudes que vivimos en nuestra infancia: un mal gesto, un grito o un azote. Para muchas personas, esa educación violenta supone el único modelo que vieron en su infancia y, por eso, al ser padres, repiten con sus hijos lo mismo que ellos sufrieron por parte de sus padres.

Es necesario ser consciente de todos los lastres emocionales con los que nos hemos ido cargando a lo largo de la vida para poder desprogramar los patrones violentos y sustituirlos por otros mucho más sanos para nosotros y para los demás.

La educación de los hijos supone una oportunidad para hacer este trabajo, si estamos atentos a lo que nos provoca que reaccionemos de manera violenta. Y si la situación nos supera, yo recomiendo buscar una ayuda externa y profesional para que nos acompañe en ese proceso de autoconocimiento y liberación.

La mayoría de los padres aman con locura a sus hijos y hacen lo que creen mejor para ellos, pero eso a veces implica que comenten errores y que les hacen daño física o emocionalmente. La mayor barrera es entender, explicarnos y superar que quizá nuestros padres, si nos pegaron o usaron los castigos o amenazas, se equivocaron aunque nos amasen. Y si repetimos sus errores, sin duda, repetiremos el daño que nos hicieron a nosotros.

¿Cómo podemos asimilar que el que nos pegaran no estuvo bien sin por ello negar el amor que nos tenían nuestros padres?

Es una cuestión muy controvertida que debemos resolver si pretendemos ser adultos libres y emocionalmente sanos.

Parece difícil de entender que los mismos padres que nos pegan, nos digan a continuación que nos quieren. Para el niño supone una tremenda contradicción: por un lado, la intuición le dice que el amor no puede ir asociado a los golpes, pero los hechos le demuestran que, los que dicen quererle, le pegan.

¿Y como hacemos para interiorizar lo sucedido y darle cierto sentido?

A medida que crecemos, elaboramos complicadas teorías para tratar de armonizar estos conceptos, al fin y al cabo, siempre nos han dicho que los padres quieren a sus hijos. Pero nuestro yo más profundo sabe que algo no está bien, por eso nos sigue resultando chocante.

Lo entiendo, Ramón, pero no se como podemos entender este conflicto y superarlo.

Resolver esta paradoja es una parte primordial de cualquier terapia que realmente se interese por profundizar en las raíces de los problemas emocionales que sufrimos los adultos.

Explícame que hace el niño para sobrevivir al maltrato.

De pequeños tuvimos que adaptarnos y someternos, pero debemos poder quitarnos la venda que nos pusimos en la infancia para poder sobrevivir entre tanta contradicción y poner las cosas en su sitio, bajar a nuestros padres del pedestal donde los pusimos y verlos como personas de carne y hueso, entendiendo que no son perfectos y que tienen defectos.

¿Es bueno para nuestra salud emocional entender que nuestros padres se equivocaron?

Claro. Sólo entonces podremos preguntarnos si de verdad aquello era amor o eran maneras de moldear al hijo a su imagen y semejanza, siguiendo la misma educación restrictiva que ellos recibieron, sin ser capaces de cuestionarse nada.

¿Qué quieres decir con “moldear a su hijo a su imagen”?

Muchos padres utilizan a sus hijos para vivir a través de ellos la vida que ellos mismos no pudieron vivir. Y, para conseguirlo, recurren a todos los medios a su alcance, incluidos los cachetes, si el niño se desvía demasiado del camino que ellos le han organizado.

¿Qué pasa cuando repetimos lo que nos hicieron y damos el primer azote?

Yo creo que, cuando un padre o madre le da el primer azote a su hijo, algo debe sacudirse en su interior que le haga replantearse lo que ha hecho. Ese es el momento clave en el que los adultos pueden decidir cambiar su vida y la de sus hijos.

Afortunadamente, algunos se dan cuenta y deciden abandonar esa actitud, mientras que otros pasan por alto este momento de duda y siguen transmitiendo la misma violencia que recibieron.

¿ Quieres decir que nos amaron nuestros padres aunque nos pegaran o hicieran daño emocionalmente?

Podremos decir, a lo sumo, que nos amaron a su manera, pero que esa manera de amar no es amor. El amor conlleva respeto y pegar no es respetar.

Por amor, uno es capaz de modificar sus convicciones erróneas. Si no fueron capaces de cuestionarse el sistema educativo que sufrieron por parte de sus propios padres, debemos cuestionarnos hasta qué punto el amor que decían sentir por nosotros era sincero.

Y para terminar con este tema tan conflictivo, me gustaría dejarte con lo que pensaba Alice Miller sobre este tema: “El amor y la automitificación se excluyen mutuamente(…) El verdadero amor soporta la verdad.”

Entonces, te pregunto ¿sirve de algo pegarle a un niño?

Si lo que deseamos al pegarle es que deje de hacer algo, lo único que conseguiremos es que tenga miedo de nuestra reacción y busque la manera de seguir haciendo lo mismo, pero sin que nos enteremos.

A la larga, el niño perderá la confianza en sus padres y, con cada cachete, la comunicación con ellos se irá deteriorando. También es muy posible que deje de expresar sus emociones si percibe que no son bien recibidas y los psicólogos conocemos muy bien las dramáticas consecuencias, emocionales y físicas, de reprimir las emociones.

¿Aprenderá el niño que pegar y usar la violencia es aceptable si le pegamos?

Si. si a todo lo anterior le añadimos que el niño aprenderá que la manera de resolver los conflictos es a través de la violencia, podemos concluir que no sirve de nada pegarle a un niño.

Cuando se habla de pegarle a un niño, si no es una paliza, se suele minimizar el problema, pero lo mismo resultaría intolerable si hablamos de pegarle a otro adulto, y especialmente, ahora que la sociedad se está concienciado sobre el maltrato de género, a una mujer. ¿Tu crees que es diferente pegarle a un niño que pegarle a una mujer?

Los que pegan a sus hijos se indignan mucho cuando alguien les plantea la cuestión de si no están tratando a sus hijos igual que los maltratadores que pegan a sus mujeres cuando, en realidad, utilizan excusas muy parecidas para justificarse: “no me hace caso, no cumple con sus obligaciones, me ha respondido mal, ha contestado mal a mi madre…”.

Ellos aducen que, dado que la mujer es adulta y está “educada”, no hace falta corregirla, mientras que los niños son poco menos que animales salvajes y necesitan una guía para adaptarse a la sociedad, lo cual me parece una tremenda barbaridad.

En estas últimas décadas hemos avanzado mucho en la defensa de los derechos de la mujer y, aún así, se producen muertes casi todas las semanas.

Si, hay un gran rechazo al maltrato a la mujer, pero no es igual cuando hablamos de las mismas amenazas, gritos o golpes a los niños. ¿No es más grave incluso pegarle a un niño indefenso?

Pensemos en lo que sucede con los niños que son más pequeños, más indefensos y que no pueden coger las maletas e irse de casa: las consecuencias para la salud emocional son catastróficas.

Además, los niños agredidos o violentados por su entorno, se enfrentan a la permisividad social que existe frente a la violencia ejercida contra ellos. Todos conocemos casos de personas que se interponen a un agresor cuando está maltratando a una mujer, pero ¿cuántas personas se indignan cuando ven a un padre pegar o agredir verbalmente a su hijo? No muchas ¿verdad?

No, no muchas. Ninguna o casi ninguna. Yo misma he temido intervenir y cuando lo he hecho, me he quedado insegura sobre las consecuencias para el niño.

Según yo lo veo, todo tipo de violencia es reprobable. Tanto pegar a una mujer, como a un niño es una forma de abuso de poder físico y psicológico abominable.

La cuestión es que, para acabar con el ciclo de terror: violencia en la infancia, adultos agresivos que pegan o adultos sumisos que se dejan pegar, las campañas en contra de la violencia deberían empezar a centrarse en la infancia.

Paremos la violencia en la infancia y conseguiremos frenar la violencia en la edad adulta.

Pero, Ramón, no todos los padres tienen recursos educativos o emocionales cuando hay un conflicto con el niño, pierden el control o actuan como se hizo con ellos. ¿Qué podemos hacer si se “porta mal” un niño?

Podemos hacer un esfuerzo por entenderlos. Muchas veces pretendemos que los niños sean como adultos en miniatura y nos olvidamos de que el universo de los niños es totalmente distinto al de los adultos.

Quizás lo que esté haciendo el niño le sirva para aprender algo del mundo en el que vive, algo que dejará de aprender si le impedimos jugar a lo que esté jugando. Por ejemplo, un niño está absorto jugando con agua, pasándola de un recipiente a otro. Seguramente, derrame algo de agua por el suelo, pero ¿podemos decir que se está portando mal? Si le impedimos que siga experimentando con el agua bajo la excusa de que tiene que ser un niño bueno, quizás no le dé tiempo a asimilar lo que estaba aprendiendo con su juego.

Debemos tener mucho cuidado con las etiquetas que les ponemos a los niños. Los niños no son ni buenos ni malos, por lo tanto, portarse “bien” ó “mal” es algo que siempre depende del punto de vista del adulto. Si repetimos estas etiquetas, corremos el peligro de que el niño las interiorice y termine adoptando el papel de “niño bueno” o “niño malo”.

Entiendo, pero dime, ¿qué daños emocionales causa en un niño el que los que le tienen que proteger le peguen?

Según compruebo día a día en mi consulta, en primer lugar, crea un desconcierto tremendo y mucha inseguridad. Si los que, supuestamente, deben cuidarme, me tratan así, ¿quién va a ocuparse de mi bienestar? El niño no tiene otros padres, por lo que si quiere sobrevivir, acaba adaptándose a la situación en la que vive. Además, para amoldarse a las exigencias de sus padres, renuncia a su verdadera personalidad, la esconde bajo capas y capas de reglas, órdenes y sumisiones.

Con el tiempo, el niño terminará perdiendo su yo interior y asumiendo que el trato que recibe es lo normal, que lo merece por su forma de ser y que así es el amor.

La tensión que provoca vivir en un ambiente violento, donde en cualquier momento y por cualquier cosa te pueden dar un azote, genera una total indefensión. Esto tendrá un efecto dramático sobre la autoestima del niño, que arrastrará en su vida adulta y le afectará en sus relaciones de amistad y de pareja.Además, tendrá una mayor tendencia a enfermar, debido que una larga exposición a las hormonas del estrés disminuye la respuesta inmunitaria del cuerpo y le hará más vulnerable ante cualquier ataque contra sus defensas.

Mucha gente dice que a ellos les pegaron y no se traumatizaron o no salieron mal. ¿Eso es así?

 

Resulta curioso que muchas personas que defienden los cachetes, digan que no están traumatizados por ellos. En mi opinión, el mero hecho de defender los cachetes ya indica que sí están afectados por la educación restrictiva que recibieron.

Aunque no se puede generalizar, este tipo de personas suelen ser represivas y reprimidas, tienen una forma agresiva de defender sus opiniones y muy poca flexibilidad mental para adaptarse a los cambios. Todas estas características son las que se observan en los niños que han sido maltratados y, si las encontramos también en los adultos que defienden los azotes, no resultará difícil deducir que sí están traumatizados.

¿Qué excusas se suelen dar los padres que usan los cachetes y bofetones para usarlos?

Las excusas son muy variadas, la mayoría de ellas se deben al desconocimiento de los procesos físicos y emocionales de los niños. Por otro lado, esos padres también sufrieron ese tipo de educación restrictiva cuando fueron pequeños y, muchas veces inconscientemente, buscan excusas autoconvencerse de que está bien pegar a los niños.

Los pretextos más habituales suelen ser que el azote no deja traumas emocionales, que con los niños no se puede dialogar y sólo sirve el azote, que “me duele más a mí, pero lo hago por tu bien”, que hay que prepararles para la dureza de la vida y otra larga lista de excusas que sólo muestran la cerrazón y la poca flexibilidad de unos padres que temen mirar en su interior y cuestionarse si la educación que recibieron de sus padres fue la correcta.

¿Se puede dialogar con un niño pequeño o es necesario, a veces, corregir con un cachete para evitar que se ponga en peligro o se desmande?

Los niños pequeños apenas pueden hablar y no podemos tener profundas charlas filosóficas con ellos, eso está claro, pero no significa que no entiendan lo que sucede a su alrededor. Es más un problema de maduración de su aparato fonador que de comprensión.

Desde muy pequeñitos pueden saber que hay cosas que no pueden hacer porque pueden ser peligrosas. Hay muchas maneras de advertirle del peligro, podemos sujetarle o cambiarle de sitio si está cerca de una estufa caliente, podemos elevar el tono de la voz si estamos lejos y le vemos en una situación de peligro inminente, pero el cachete nunca está justificado. Además, siempre podemos acompañar lo anterior de una explicación, diciéndole lo peligroso que puede ser hacer tal o cual cosa.

Tampoco debemos olvidar que debe ser tarea de los padres acondicionar el entorno de manera que sea lo más seguro para su hijo, neutralizando enchufes, bloqueando escaleras o escondiendo cuchillos. El niño va comprendiendo poco a poco el concepto de peligro, por eso no lo podemos dejar desatendido en sus primeros años.

¿Qué pasa cuando un niño acostumbrado a los azotes o tortas crece y se convierte en adolescente?

Últimamente, proliferan en televisión los programas en los que aparecen adolescentes conflictivos cuyos padres son incapaces de manejar. Muchos de ellos son agresivos e, incluso, llegan a pegar a sus progenitores. Todos (presentadores y público) se escandalizan y demonizan a estos chavales, haciéndoles ver lo violentos que son y cómo sufren sus pobres padres, a los que presentan como meras víctimas de todo el drama familiar.

El objetivo de los expertos es corregir a estos adolescentes violentos, pero en ninguno de estos programas he visto que intenten averiguar de dónde procede esa violencia investigando lo que sucede en el entorno familiar y profundizando en la infancia de esos niños para averiguar cómo les trataron sus padres. Quizás temen enfrentarse a la realidad de unas infancias con tremendas carencias emocionales y, en muchos casos, con maltratos físicos y psicológicos.

La violencia no aparece espontáneamente a los 13/14 años. Antes de eso, hay todo un proceso que empieza desde que los niños son muy pequeñitos con agresiones verbales, algún azote o quizás muchos, menosprecios y abandonos.

A veces, la violencia comienza incluso antes, desde la vida uterina, en la que estas personas ya se sentían despreciadas, poco queridas o recibían las mismas agresiones a las que era sometida su madre.

No deberíamos extrañarnos de que esos niños se conviertan en los adolescentes de los que renegamos en esos programas de televisión.

¿Cómo y cuándo podemos empezar a comunicarnos con nuestro hijo?

En realidad, podemos empezar a proporcionar a nuestros hijos los rudimentos de la comunicación ya desde el embarazo. Todos los estímulos que recibe el bebé uterino, la voz de la madre, la música, el tacto, nos pueden servir para establecer un primer diálogo con él. Resulta impresionante comprobar cómo el bebé reacciona de manera distinta cuando algo le gusta o cuando algo no le gusta, cuando está relajado o cuando está tenso.

Las mujeres embarazadas pueden jugar a dar unos golpecitos en un lado de la barriga y comprobarán que, al poco tiempo, su bebé se mueve y responde a esos golpes. Si, después cambian de lado y vuelven a dar unos golpes suaves, el bebé se volverá a mover.

Se ha comprobado que, nada más nacer, el bebé puede distinguir la voz de su madre de la de otras mujeres y que reacciona de manera distinta a palabras de su lengua nativa que a palabras de otros idiomas. Todo esto indica que el bebé está perfectamente equipado para atender al lenguaje.

Esa idea tan extendida de que, hasta los tres años, los niños no se enteran de nada está totalmente desfasada y es fruto del desconocimiento. La estupenda psicoanalista infantil, Françoise Dolto decía que “el ser humano tiene la misma capacidad de comprensión desde el momento de su concepción hasta su muerte”.

A pesar de que el Código Civil no acepta la bofetada como opción educativa o correctora, sigue habiendo muchos padres y hasta algún juez la defienden, ¿por qué?

Nos puede sorprender que personas inteligentes, instruidas y que han tenido que superar durísimas oposiciones, defiendan públicamente el uso del bofetón como medio para educar o corregir a los niños. Solemos asociar la violencia a personas de clase social baja y con poca cultura, pero se ha comprobado que el cachete está presente en muchas familias, independientemente de su nivel cultural, social o económico.

Quizás sea más fácil comprender que muchos jueces, médicos, psiquiatras, etc. defiendan golpear a los niños si pensamos que estas personas también fueron niños y, con toda probabilidad, fueron niños maltratados física o psicológicamente. Imagino que, como muchos otros, ellos también tuvieron que sacrificar una parte de su libertad y su espontaneidad de niños para adaptarse a las restricciones de sus padres.

Por desgracia, mientras los adultos no se liberen de las erróneas ideas que tuvieron que asumir en su infancia y no reconozcan el daño que sufrieron, seguirán condicionados en su trabajo por sus carencias y continuarán defendiendo la bofetada como método educativo.

Hasta aquí hemos llegado hasta hoy. La cuestión del maltrato hacia los niños en lo que se refiere a los azotes, gritos, menosprecio o amenazas sigue siendo un tema para el que nuestra sociedad sigue sin estar preparada.

Reconocer que los niños merecen el mismo respeto y protección que un adulto es complicado pues muchos de los adultos de hoy fueron niños que sufrieron acciones que les cuesta reconocer como negativas, y se ven condenados a justificarlas y repetirlas. Necesitamos herramientas para, una vez reconocemos que a un niño no se le puede hacer daño igual que a un adulto, sepamos evitar ese comportamiento en nosotros mismos.

 

¿Cómo debemos reaccionar ante una rabieta o una actitud agresiva de un niño?

En primer lugar, debemos mantener la calma. Si nos ponemos nerviosos añadimos más tensión a la situación y será mucho más difícil que el niño se tranquilice.

Tenemos que aprender a reconocer los signos anticipatorios (un gesto de desagrado o un “no quiero”) que nos pueden indicar lo que de verdad desea el niño. Muchas veces, las rabietas surgen por la frustración que siente el niño al no sentirse comprendido. Debemos prestarle atención y preguntarle qué es lo que le pasa, qué es lo que quiere.

Cuanto más comprendido se sienta el niño y mejor pueda comunicar lo que desea, menos rabietas tendrá.

Evidentemente, habrá situaciones en las que el niño no pueda hacer lo que quiere en ese momento, entonces, habrá que explicarle los motivos de manera clara y ofrecerle alternativas.

Incluso si creemos que nunca hay que pegarle a nadie nos podemos encontrar con que a nuestro hijo le pegue un compañero del colegio, ¿no deberíamos enseñarle a defenderse en esa ocasión?

Un niño criado con amor y respeto, tendrá la autoestima suficiente para ser capaz de defenderse sin necesidad de utilizar la violencia. Y también sabrá evitar a los compañeros agresivos y las situaciones peligrosas.

Por otro lado, si la comunicación con los padres es fluida y sincera, podrá acudir a ellos en el caso de que tenga algún problema con algún compañero con la confianza de que será escuchado.

Si el niño es pequeño y aún no maneja las herramientas lingüísticas adecuadas para defenderse, debemos ser nosotros los que busquemos la manera de interponernos entre nuestro hijo y el otro niño.

¿Y si nuestro hijo pega aunque nunca le hayamos levantado la mano?

Aunque nunca se le haya pegado, de alguna manera, el niño debe haber percibido agresividad en su entorno. La violencia puede tomar muchas formas, unas más explícitas y otras menos, por ejemplo, las discusiones entre familiares, los gritos, actitudes demasiado rígidas o dejar al niño llorando solo, también son percibidas como actos violentos que generan estrés en el niño.

Este “caldo de cultivo” facilita que el niño aprenda a pegar como manera de expresar su ira y, si continúa el ambiente agresivo en casa, lo más normal es que el niño pegue cada vez más.

Las peleas entre hermanos pueden ser un problema y es común que lleguen a las manos, ¿cómo pueden intervenir los padres en líneas generales?

Es un tema habitual que puede llegar a desbordarse si no lo encauzamos adecuadamente. En este sentido, me parece muy adecuado lo que propone Rebeca Wild, basándose en su experiencia en la escuela no directiva “Pesta” de Ecuador.

Cuando surgen estos juegos de peleas, es importante que los padres estén atentos para captar el estado emocional de los niños y ser capaces de intervenir cuando uno de ellos no esté a gusto y no disfrute del juego. En ese momento, son los padres los que deben marcar unos límites precisos definidos por el respeto al otro, por ejemplo: “si uno de vosotros no quiere continuar o llora, el juego se acaba”.

Con estas normas claramente definidas, los niños pueden disfrutar de ese tipo de juegos, pero manteniendo siempre los límites mínimos del respeto al otro.

¿Y si es a un bebé a quien su hermanito mayor le pega o le molesta cuando no miramos?

La llegada de un hermano siempre supone una revolución en la familia y el mayor puede sentir que pierde privilegios y tiempo de atención de sus padres por culpa del pequeño. En ocasiones, el hermano mayor puede reaccionar con hostilidad hacia el pequeño. Debemos procurar que el hermano mayor no sienta esa pérdida de atención, hay que buscar la manera de seguir dedicando tiempo a jugar con él, a pesar de que el pequeño nos reclame toda la atención.

Es importante hacerle partícipe de la nueva vida con su hermano. Al ser mayor, puede ayudar en algunas cosas, pero no debemos olvidar que sigue siendo un niño y no podemos cargarle con obligaciones que no le corresponden.

Es raro que un niño criado con apego y con sus necesidades emocionales cubiertas llegue a pegar a su hermano pequeño, pero, dado el caso, debemos explicarle los motivos por los que no se debe pegar. Podemos decirle que su hermano es más pequeño, que le puede hacer daño si le pega o que esa no es la manera de solucionar las cosas.

Estamos hablando de cachetes y bofetones, pero ¿es una forma de violencia el chantaje, las amenazas o los gritos?

Efectivamente, son formas de violencia que crean un gran desequilibrio en el niño. Podríamos considerar los gritos, amenazas y chantajes, como violencia psicológica.

También, me gustaría añadir como forma de violencia, el enorme poder represivo de la mirada. Muchos de mis pacientes me han comentado que sólo con una mirada severa de sus padres, se echaban a temblar de miedo. No era necesario el azote, porque ya estaban intimidados con la mirada.

Como veis, esta manera de tratar a los niños no deja cicatrices físicas, pero los efectos sobre la psique del pequeño serán tan devastadores como un tsunami. Si quieren sobrevivir en ese ambiente tan duro, tendrán que adaptarse y sacrificar partes importantes de su alma que quedarán arrinconadas en lo más profundo de su sombra. Cuando crezcan, todos los patrones que tuvieron que adoptar para sobrevivir, seguirán afectándoles en su vida, provocando infinidad de problemas psicológicos y numerosas enfermedades físicas.

¿Es el abandono emocional otra expresión del maltrato y la violencia?

Claro, Mireia, tampoco debemos olvidar que esta forma violencia que suele ser, incluso, más perjudicial que los cachetes.

Hay distintas formas de abandono. Cosas como no atender a sus necesidades cuando lo pida o dejarle llorar solo en una habitación, crean en el niño una sensación de desamparo absoluta que no sabrá cómo manejar. No aprenderá una manera sana de manejar sus emociones y, cuando sea adulto, será mucho más vulnerable al estrés y su sistema inmunitario estará debilitado y tendrá más tendencia a enfermar.

Pero los padres somos humanos, ¿no tenemos derecho a perder los nervios si los niños nos están volviendo locos?

La verdad es que es un tema muy complicado que no tiene fácil solución. Hay padres que realmente tienen intención de cambiar el tipo de educación que recibieron en su infancia para que sus hijos no la sufran.

 

Lo que sucede es que, en situaciones de tensión y agotamiento, nuestra parte adulta pierde el control y aparecen aquellas reacciones de nuestra infancia que quedaron grabadas a fuego, pero que queremos desechar.

 

Hay que estar muy atentos para detectar qué situaciones son las que nos alteran y poder relacionarlas con nuestra infancia. Con toda probabilidad, sean reacciones que hemos visto en nuestros padres o personas de nuestro entorno. Desde luego, tenemos que esforzarnos mucho y poner todo de nuestra parte para calmarnos justo en esos momentos y cambiar ese primer impulso que nos sale. No es una tarea fácil, pero debemos tener muy claro que merece la pena y que el beneficio para nosotros y nuestros hijos será enorme.

¿Cuando es el momento más propicio para que cambie la percepción sobre la crianza violenta?

Las madres tienen una oportunidad única para hacer este trabajo durante el puerperio. Es una época en la que se está especialmente conectada con la infancia y pueden aprovecharla para replantearse las actitudes que tuvieron sus padres con ellas para buscar alternativas mucho más sanas.

La mayoría de las veces, para poder cambiar estos patrones automáticos, hará falta buscar una terapia que les ayude a desprogramar esos aprendizajes y desvincularse de toda la influencia negativa de los padres.

¿Obediencia o empatía? ¿Cuál es el objetivo de la educación para una convivencia pacífica?

El modelo educativo depende de la concepción que tengamos del niño y del tipo de sociedad que queramos conseguir.

En la primera mitad del siglo XX se sentaron las bases ideológicas de dos concepciones opuestas sobre la educación. Por un lado, los psicoanalistas, con su visión negativa y agresiva del niño, pensaban que “el objetivo de cualquier educación es enseñar al niño a dominar sus instintos” (Freud, 1920). En el otro extremo se encontraba Wilhelm Reich, que defendía que la educación consiste en respetar y potenciar las necesidades naturales del niño, lo que posibilita que crezcan felices.

 

Si deseamos una sociedad pacífica y respetuosa con los demás y con el planeta, debemos criar a nuestros niños en el respeto y la empatía.

Existe siempre el temor de que si educamos en empatía nuestros hijos se conviertan en tiranos, ¿los niños que son respetados y escuchados, serán capaces de ponerse en la piel de otro o siempre serán unos caprichosos malcriados?

Quizás se entienda mejor si empezamos mirando desde el ángulo opuesto. Los niños que han sufrido algún tipo de carencia emocional o física en su infancia, crecerán intentando compensar esa falta.

Para intentar llenar el vacío que sintieron de pequeños, llamarán la atención, pedirán cosas aunque no las necesiten, serán incapaces de ponerse en el lugar del otro y pisarán a quien haga falta para conseguir sus objetivos. Estos sí que serán los niños “caprichosos y malcriados”, tal y como lo entiende la mayoría, aunque en el fondo, son las pobres víctimas de unos padres que no les han sabido dar las herramientas emocionales para manejarse en la vida.

Harán lo que sea para intentar atraer la atención de papá o mamá, aunque ya hayan crecido y sean adultos o aunque sus padres ya hayan muerto.

Volviendo a la pregunta, los niños que, de pequeños, han tenido cubiertas sus necesidades básicas de atención, cuidados, mimos y respeto, crecerán mucho más sanos emocionalmente.

 

Si los niños han sido respetados y escuchados, podrán respetar y sabrán escuchar. Es así de sencillo.

Ramón, pero, criar con respeto, no es darles todo lo que pidan ¿verdad?

En realidad, darles todo lo que pidan no es nada respetuoso con los niños.

Lo único en lo que no debemos escatimar con los niños es en el tiempo y la atención que les dedicamos. Tiempo para jugar con ellos y tiempo para explicarle las cosas cuando no puedan ser como ellos desean.

Para algunos padres, darles a sus hijos todo lo que piden es una manera fácil de tenerlos entretenidos para que no les molesten y, así, no atender a sus verdaderas necesidades, pero esto no es nada respetuoso.

Hay quien afirma que los niños a los que no se corrige con castigos o nalgadas terminan siendo unos dictadores incapaces de negociar o respetar a sus padres. ¿Qué opinas de eso?

Lo que ocurre es, precisamente, lo contrario. Los niños que no han sido criados con azotes y han tenido cubiertas sus necesidades de atención y respeto cuando han sido pequeños, son más pacíficos y empáticos.

El respeto verdadero no se impone por la fuerza ni mediante una tabla de mandamientos (como el “honrarás a tu padre y a tu madre”), es algo que se gana en el día a día.

Si pretendemos imponer el respeto a base de castigos y azotes, entonces no hablamos de respeto, sino de sumisión y miedo.

 

Los niños criados de forma autoritaria serán los que se conviertan en agresivos ingobernables o sumisos.

Responderán con violencia frente a las personas de confianza y abusarán de otros niños más pequeños, o se dejarán abusar por personas más autoritarias. En realidad, únicamente estarán repitiendo el modelo que han visto en su casa y que han sufrido en sus propias carnes.

Empecemos por el principio, ¿tienen que obedecernos siempre los niños?

Eso se nos ha dicho y bajo ese mandato hemos crecido nosotros, pero la realidad es que los padres no poseemos la verdad absoluta y, si no tenemos mucho cuidado, los niños pueden terminar amoldándose a nosotros para crecer a nuestra “imagen y semejanza” y cumplir los objetivos que nosotros les marquemos.

Los niños tienen sus propios intereses y capacidades. Los padres sólo podemos estar atentos y proporcionarles el entorno necesario para que se desarrollen.

Para los padres es un trabajo muy difícil, ya que requiere un profundo trabajo para superar nuestro “ego” y nuestras frustraciones no cumplidas.

Sobre este tema, siempre recuerdo el maravilloso texto de Khalil Gibran hablando de los hijos en El Profeta: “Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de cuanto la Vida desea para sí misma. Son concebidos por medio de vosotros, mas no de vosotros (…)”.

Yo pienso que los niños son ciudadanos de segunda en nuestra sociedad, ¿estás conforme con esa afirmación?

En nuestra sociedad occidental, los niños no son tenidos en cuenta para nada, se les ningunea.

En lugar de prestarles atención para escuchar sus necesidades particulares, pretendemos que se adapten cuanto antes a nuestro estresante ritmo de vida. Les separamos de sus madres, les estimulamos para que se desarrollen más rápido de lo que sus capacidades les permiten o les presionamos para que dejen los pañales aunque no estén preparados para ello. Queremos que sean como adultos en miniatura, sin tener en cuenta que su mundo y sus puntos de vista son totalmente distintos a los del adulto.

Nuestras ciudades no están pensadas para los niños. Los parques naturales con árboles, sombra y espacio para correr y jugar libremente han sido sustituidos por enormes superficies de cemento con un pequeño espacio acotado (a pleno sol) para los niños, con unas estructuras de plástico que limitan la creatividad en los juegos. En los parques modernos la forma de jugar ya está predefinida, sólo se puede subir, bajar, trepar o deslizarse de una única manera.

El máximo ejemplo de que los niños son considerados como inferiores en nuestra sociedad es la tremenda permisividad que existe frente al maltrato infantil.

El cachete como método educativo fue prohibido en España hace, tan sólo, cuatro años en una ajustada votación, lo que indica que muchos de los diputados estaban de acuerdo con golpear a los niños.

Desgraciadamente, desde políticos hasta jueces, pasando por muchos pediatras y psicólogos, aún siguen defendiendo, sin cuestionarse, el uso de los azotes contra los niños. También resulta asombrosa la cantidad de comentarios que pueden leerse en distintos foros de internet de padres que defienden impunemente pegar a sus hijos.

¿Debemos cambiar la forma de educar para cambiar el mundo?

Tal y como ha empezado el s.XXI, con los retrocesos en la libertad que tanto costó conseguir y el abuso de poder tan desmesurado de unos pocos que nos ha llevado a la crisis que estamos atravesando, podemos comprobar que la educación restrictiva y represora no genera más que violencia y abusos de los fuertes sobre los débiles.

Si de verdad queremos cambiar el rumbo autodestructivo del ser humano, debemos cambiar radicalmente el modelo educativo.

Los niños criados con respeto y empatía, podrán ponerse en el lugar de los más débiles para defenderles, no necesitarán abusar de ellos para sentirse poderosos. Los niños criados en libertad tendrán la autoestima suficiente para saber lo que desean sin verse sometidos por el miedo y el control de los que les intenten manipular.

¿Qué habría que cambiar en nuestra sociedad para hacerla más empática y respetuosa con las necesidades de los niños?

Habría que empezar a respetar a los niños como lo que son, personas con sus emociones, sus inquietudes y sus capacidades únicas. No debemos olvidar que el universo del niño es distinto del universo adulto, no podemos tratarles como si fueran adultos en miniatura. Debemos entender sus procesos y sus necesidades de desarrollo para poder acompañarles, siempre desde el respeto.

La atención a los niños debe empezar desde el embarazo y el parto, atendiendo a la mujer embarazada de forma respetuosa y cambiando los obsoletos protocolos intervencionistas de muchos hospitales.

Cuando ya ha nacido el bebé, debemos procurar que pueda estar con su madre durante todo el tiempo posible y en un entorno relajado. Es básico un aumento de las bajas por maternidad, como mínimo hasta los 12 meses.

Y, por último, debe haber un cambio radical en el sistema educativo. La escuela del futuro debe ser un lugar de búsqueda, donde el niño tenga el respeto y los apoyos necesarios para encontrar y desarrollar sus verdaderos intereses.

 

 

Acerca del autor

Ramón Soler Ramón Soler - rsoler@mentelibre.es Psicólogo Colegiado Sanitario experto en Terapia Regresiva Reconstructiva, Hipnosis Clínica, Psicologia Pre y Perinatal, Psicología infantil y Psicología de la Mujer. Escritor, Divulgador y Conferenciante. En la actualidad pasa consulta Online para todo el mundo y Presencial en Málaga (España). Compagina esta labor con la de Codirector, Autor y Administrador de este Blog. Puedes visitar más sobre su trabajo como Psicólogo en : www.regresionesterapeuticas.com