¿Por qué deseamos que todo sea genético?

¿Por qué deseamos que todo sea genético?

Tenemos unos familiares muy cercanos que, cuando nuestra hija mayor solamente tenía un par de meses, nos comentaron algo así como: “Qué suerte tenéis de que os haya salido así de buena y no llore nada. A unos amigos nuestros, su hijo le ha salido llorón. Les despierta todas las noches; le escuchan, incluso, desde la otra habitación”. Nosotros tratamos de explicarles que siempre estábamos muy atentos a ella y a sus necesidades, incluso desde el embarazo. Les contamos que siempre la teníamos en brazos, que tomaba pecho a demanda y que dormía con nosotros en la cama. Les queríamos transmitir la idea de que si un bebé tiene cubiertas sus necesidades físicas y emocionales, no tiene por qué llorar y que solamente lo hará cuando esté incómodo (con los pañales sucios) o cuando tenga sueño y no consiga dormirse. Tras la conversación y a pesar de todas nuestras explicaciones, la respuesta de ellos fue un breve y lacónico: “Sí, ya, pero ¡qué suerte habéis tenido!”. Pensaban que tener un bebé es una lotería genética y que, dependiendo de tu suerte, te puede tocar tranquilo o llorón.

Esta escena puede servirnos para reflexionar sobre una actitud muy extendida desde que el ser humano descubrió la existencia de los genes, la de atribuir a la herencia cualquier enfermedad o actitud que nos resulte incómoda. Cuando alguien pronuncia la mágica frase “es algo genético”, todo el mundo asiente comprensivo y sin dudar de la veracidad de las palabras de su interlocutor.

Lo que quizás no sepan esas personas es que la ciencia ya ha demostrado que los genes únicamente proporcionan una cierta estructura, mientras que es el entorno el que hace que unos genes se activen y otros no. Da la impresión de que la ingeniería genética ha calado tan profundo en la sabiduría popular que aún hoy en día, y a pesar de todos los avances que niegan su infalibilidad, sigue siendo tomada como la explicación milagrosa de todos los males de la humanidad. Seguimos buscando los genes de la obesidad, de las adicciones, de la depresión, de la ansiedad e, incluso, del TDAH.

La idea subyacente a esta forma de pensar es que, si todo está en los genes, nosotros no tenemos ninguna responsabilidad sobre cómo son nuestros hijos o sobre las enfermedades que ellos o nosotros desarrollamos. Antes era el Todopoderoso el que nos enviaba las maldiciones, ahora es el ADN. Hemos sustituido un dios por otro, pero no hemos avanzado nada. El inconsciente colectivo ha creado una versión moderna del antiguo “Dios lo ha querido así”. Derivada de esta fe o creencia, la idea básica que perdura a través del tiempo y de las culturas es que existe alguien (o algo) externo a nosotros que controla nuestro destino y que no podemos hacer nada salvo resignarnos.

La cuestión principal es que, mientras haya alguien a quien culpar de nuestros males, no tendremos que mirar hacia dentro y analizar qué es lo que estamos haciendo en nuestra vida para que nos suceda lo que nos pasa.

La genética es la moderna explicación de nuestras desgracias y ha supuesto, durante décadas, una estupenda excusa para no enfrentarnos a la responsabilidad que tenemos con respecto a nosotros mismos y, obviamente, también hacia nuestros hijos. Podríamos evadirnos de esa responsabilidad si las promesas  de la ingeniería genética fuesen reales, pero ya hemos visto que no son más que una ilusión y que la ciencia actual se centra en la epigenética, es decir, en cómo el ambiente hace que los nuestros genes se manifiesten de una manera o de otra.

Desde que éramos pequeños, siempre han sido otros los que decidían por nosotros y no hemos podido desarrollar la capacidad de experimentar, de equivocarnos y de aprender de nuestros errores. Primero fueron nuestros padres, luego fue Dios y ahora es la genética y, de esta forma, nunca vivimos plenamente. Sé que es duro asumir la responsabilidad sobre lo que nos pasa, pero estoy convencido de que es la única manera de recuperar el control sobre nuestra salud y sobre nuestra vida.

Por otra parte, a un nivel inconsciente más profundo, estas explicaciones divinas o genéticas nos brindan la excusa perfecta para evitar culpar a nuestros padres por lo que nos hicieron y yendo más allá, para eludir cuestionarnos nuestros propios errores en la crianza de nuestros hijos.

Por cierto, aunque el camino sea más difícil, pues implica un largo y duro trabajo de introspección personal, la no existencia de ese determinismo religioso o genético conlleva una gran ventaja, pues, podemos cambiar nuestras circunstancias personales y las de los que nos rodean.

Texto: Ramón Soler

Imagen: Rsoler Design

Acerca del autor

Ramón Soler Ramón Soler - rsoler@mentelibre.es Psicólogo Colegiado Sanitario experto en Terapia Regresiva Reconstructiva, Hipnosis Clínica, Psicologia Pre y Perinatal, Psicología infantil y Psicología de la Mujer. Escritor, Divulgador y Conferenciante. En la actualidad pasa consulta Online para todo el mundo y Presencial en Málaga (España). Compagina esta labor con la de Codirector, Autor y Administrador de este Blog. Puedes visitar más sobre su trabajo como Psicólogo en : www.regresionesterapeuticas.com