Hoy quiero ahondar en un tema que esbozó Ramón Soler en el artículo 10 ideas para lograr relajarse en vacaciones. El de “no ir en vacaciones donde no tengas ganas de ir”.
Tal vez, esta actitud pueda parecerle muy radical a la mayoría de la gente. ¿Cómo no ir a visitar a tal o cual familiar? ¿Cómo no ir a casa de ese “amigo” que no me cae bien? O más chocante aún ¿cómo no pasar las navidades en casa de mis padres?
La respuesta es muy sencilla, basta con tomar la decisión y no ir.
El camino hasta llegar a esa respuesta es mucho más complejo, tortuoso y en ocasiones, tendrá que ir acompañado de un intenso trabajo terapéutico.
Pero, ¿por qué es tan complicado tomar la decisión de no acudir a un encuentro donde sabemos fehacientemente que vamos a acabar pasándolo mal?
Y si acudimos de todas formas a esa reunión nada deseada ¿qué consecuencias puede tener para nuestra salud?
Convenciones sociales, rutina, dejarse llevar por la corriente, no desear “quedar mal” y el “qué dirán” pueden tomarse en un principio como las principales causas de este comportamiento potencialmente dañino.
Sin embargo, hay que buscar razones más profundas y bucear en el pasado de la persona para hallar el porqué acudimos a este tipo de reuniones a pesar de nuestra falta de ganas.
La mayoría de las veces, esas causas más profundas encierran explicaciones tan complejas como que no hemos sido capaces de liberarnos de las obligaciones que nos impusieron cuando éramos pequeños.
El desamparo, la soledad infantil, la educación autoritaria y carente de apego nos hace ver la realidad bajo una pátina marcada por los deberes, las servidumbres y el miedo a las posibles consecuencias de nuestras acciones. Por lo tanto, cuando acudimos a dichas cenas, seguimos, en el fondo, siendo los niños “buenos y obedientes” que por nada del mundo le pueden llevar la contraria a mamá, a papá, a la abuela, etc. Debido a nuestra visión “infantil” de la realidad, nos presentamos sin rechistar a la “dichosa” cena de Navidad o de Año Nuevo aún sabiendo que vamos a pelearnos por enésima vez con nuestro hermano o que vamos a presenciar las típicas broncas entre papá y su hermano o entre tu suegra y tu mujer.
Como consecuencia de dicha dicotomía entre lo que hacemos y lo que en realidad queremos hacer, nuestra mente y por extensión, nuestro cuerpo, pueden verse marcados. Así, no es nada infrecuente que tras las vacaciones se reaviven esos dolores de espalda, esas jaquecas, la depresión, la ansiedad, la alergia, la fobia, etc.
¿Qué podemos hacer entonces para liberarnos?
Otra vez nos hallamos ante una respuesta muy sencilla y ante un camino dificilísimo.
Para liberarnos de nuestras obligaciones infantiles, debemos cambiar la visión de nuestra realidad, debemos liberarnos de nuestros patrones adquiridos durante la infancia y lograr una nueva perspectiva sobre nuestras vidas.
Ya hemos dicho que el camino puede ser casi inexpugnable.
En él podemos darnos cuenta de que nuestra madre no era la santa que decía que era, o que nuestro padre no era en realidad una víctima. En este recorrido podemos percatarnos de que no nos hicieron ningún caso, o toparnos con el horror de que abusaron de nosotros.
En resumida cuenta, la toma de conciencia de la dura realidad de nuestras vivencias infantiles nos hará cambiar la visión sobre nuestra vida y nos hará enfrentarnos sin tapujos al hecho de no querer acudir a ciertas reuniones incómodas.
El camino hacia la liberación de la mente y del cuerpo supone una compleja introspección, pero una vez llegados a la meta, la libertad de elección llegará a nuestras vidas. No haremos las cosas porque debamos, sino porque queramos. Incluso, podremos coger el teléfono, llamar a casa de nuestros padres y decirles que no vamos a ir a la cena de Navidad. Por más que nos presionen, por más que insistan, nuestra recién adquirida conciencia nos hará saber que estamos haciendo lo mejor para nosotros.
El camino hacia la liberación de la mente puede realizarse a través de múltiples vías, cada persona deberá buscar la adecuada a su casuística: terapia, yoga, meditación, deporte, etc.
Y para terminar dejen que les cuente un secreto valiéndome de la frase de Baltasar Gracián “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”…Lo que quiero decir es que no hace falta que la celebración de las fiestas sea multitudinaria. Para disfrutar de la velada se necesita justo a los comensales justos.
Felices y Libres Fiestas.
Foto: Flickr / Autor bschmove

Carmen, gracias por tu apoyo y tu comentario!
Con respecto a tu pregunta, te diré que pueden existir varias maneras de automotivarse para iniciar el camino hacia la liberación.
Yo propongo una manera muy sencilla:
Tras las tras las fiestas, podemos dedicarnos unos minutos para la reflexión y utilizarlos para hacer un pequeño balance.
Podemos hacernos unas preguntas parecidas a éstas: ¿Cómo lo hemos pasado en las comidas y cenas familiares, en las de los amigos, en las de la empresa, etc.? ¿Hemos vuelto pasar algún momento desagradable? ¿Nos hemos sentido desgraciados o tristes por los mismos desencuentros de todos los años? ¿Por qué lo hemos pasado mal? ¿Cual es el verdadero origen de nuestro malestar? ¿Queremos volver a pasarlo mal otra vez el año que viene? ¿Cómo nos sentimos física y anímicamente? Y por último ¿qué podemos hacer por nosotros para romper con esta dinámica?
Espero que te haya servido mi respuesta, es un verdadero placer contar con lectoras como tú.
Querida Elena:
Muchas gracias por compartir tus ideas! Son siempre inspiradoras.
Si es cierto que el motivo de nuestra infelicidad durante algunas fiestas navideñas se encuentra en nuestro interior, no es menos cierto que resulta una solución de facilidad dejarse arrastrar por las convenciones sociales y acudir al evento sin más.
Entonces, quizá lo que un ignorante en la materia desearía saber es cómo automotivarse para iniciar ese camino de introspección que, a primera vista al menos, parece abultado de potenciales descubrimientos “medianamente agradables”.
Con este interrogante, me despido.
Un abrazo a los integrantes de la Revista Mente Libre !
Feliz Navidad !
Una lectora regular.