El privilegio de ser madre.

El privilegio de ser madre.

Gracias por acompañarnos: Adriana, Luna, Adrián, Gael, Luz, Clara, Hugo, Luca, Daniel, Genoveva, Cecilia, Micaela, Adahy, Lys, Lucía, Julia, María, Alejandro, Oliver, Noe, Noah, Aisha, Marcos, Leo, Eva, Margarita, Carla, Pablo, Iván, Ángela y tantos y tantos niños sabios.

Hace pocas semanas, tuve la suerte vivir uno de esos momentos únicos en el que, súbitamente, todos los pensamientos dispersos te abandonan y, sin más, eres consciente de la inmensa fortuna que tienes de estar sintiendo y viviendo ese concreto instante de la eternidad.

Adriana y yo nos encontrábamos en la piscina de nuestra urbanización, una piscina pequeñita, rodeada de césped y adornada con un par de árboles. Era un día claro, bonito, sin nubes, no hacía ni frío ni calor y, en esa ocasión, éramos las dos únicas personas que allí nos encontrábamos (seres vivos había muchos más: pájaros, hormiguillas, un perrito, etc.).

Mi preciosa niña iba con sus gafitas de bucear rosas, su bañador naranja de tiburones martillo y sin manguitos, porque como no le gustan y, como estábamos en la parte de la piscina en la que hace pie, decidió no ponérselos. De repente, me llamó, dijo Mami mira, me puse a contemplarla y vi como mi hija, que hace nada era una bebé, se sumergió, movió las piernas al unísono y se desplazó por el agua un par de metros hacia mí. Nadie le había enseñado a bucear, como ya sabéis, Ramón y yo creemos en la autorregulación y pensábamos que ella nos pediría ayuda cuando quisiera aprender a nadar, y hasta el momento no lo había hecho. Así pues, ahí estaba ella desplazándose sola por la piscina, utilizando una técnica que ella misma había ideado. Me quedé impresionada.

Sin embargo, mi intención al escribir estas palabras no es el de presumir de mi hija y de su inteligencia, por supuesto que estoy orgullosa de ella, pero no me gusta comparar los niños entre ellos, porque incluso teniendo la misma edad, cada uno vive en sus circunstancias y sus hitos evolutivos los realiza, o los debería realizar cuando su cuerpo y su mente así lo dispongan. Para mí, la inmensa alegría que experimenté en aquellos momentos, aquel sentimiento de comunión y unicidad con la vida, está relacionado con el hecho de haber tenido la suerte de, una vez más, poder contemplar cómo mi hija crecía en la vida y se iba desarrollando a su ritmo. También, en aquel momento único y especial, me percaté de que me sentía inmensamente feliz y realizada como ser vivo, yendo más allá de mi ego y mi persona, por tener el increíble privilegio de SER MADRE.

Mamás, paremos nuestro ritmo, dejemos el cansancio y el mal humor de lado y disfrutemos de la inmensa dicha que supone tener a nuestro lado a nuestros maravillosos hijos. No dejemos que nos digan como criarlos. No caigamos en imposiciones y dogmas. Para una madre crecer junto al fruto de su vientre es algo único y especial. Deleitémonos con su compañía, con su voz, su olor, su calor. Disfrutemos de sus besos, de sus caricias y abrazos. Vibremos con sus ideas, sus historias y sus retos. Aprovechemos la inmensa oportunidad que la vida nos brindó al regalarnos el don de la maternidad.

Uno de los grandes privilegios de ser madre es el de poder superar, gracias a la maternidad, la barrera que supone, el yo, el ego. La felicidad va más allá de satisfacer nuestras necesidades, la felicidad nos llega al contemplar los logros de nuestros hijos, de los hijos de nuestras amigas, de los hijos de la humanidad. Cuando nos convertimos en madre, nuestros hijos nos dan la oportunidad de crecer más allá de nosotras, de romper barreras, comparaciones y competiciones y convertirnos en madre de todos los seres vivos de la Tierra.

La madres pasamos de la total unión física y espiritual con otro ser en el embarazo, a separarnos de nuestro maravilloso hijo cuando llega el momento (no sólo tras el parto, sino tras el fin del periodo de la fusión emocional). Este acto de dar, nutrir, Amar, para luego permitir la separación, el crecimiento individual y la libertad es de una generosidad extrema.

Las madres somos altruistas, damos la vida y  dejamos que nuestros hijos crezcan a su ritmo, por sí mismos, y ese respeto y acompañamiento, nos lleva a nosotras hacia un estadio superior en el que comprendemos que no sólo somos madre de nuestros hijos, sino madres de los hijos de nuestras amigas, de los hijos de la humanidad. De ser un ser, pasamos a dos, de dos pasamos a ser madres de la humanidad, de ser madres de la humanidad, pasamos a la Unión con todos los seres vivos, con el cosmos. Qué inmenso privilegio el de ser madre. La maternidad consciente es el camino espiritual más elevado que existe.

 

Amor de Madre

 

Mi vientre fue tu primer hogar,

tu viniste a llenarlo de plenitud.

Fuimos fusión y Amor.

Yo era tu morada,

tú eras mi alma,

y allí,

al unísono,

vibramos,

sentimos,

fuimos Amor.

.

Naciste,

me miraste,

lloré de emoción.

Después,

compartimos sueño,

pecho,

leche y Amor.

.

Creciste,

eras libre,

el cordón se separó,

unidos por el Alma,

alejados por el Amor.

.

Vibra a tu ritmo,

siente por ti misma.

Decide,

piensa,

ama libre.

.

Ahora que somos dos,

te contemplo,

te admiro,

te siento,

plena de Amor,

colmada de pasión.

.

Fuimos una,

somos dos,

fuimos una,

somos todas,

fuimos una,

somos la humanidad,

el cosmos,

La Unión.

 

Texto: Elena Mayorga

Foto: Flickr – daveynin

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.