Conflictos en la crianza con apego: crisis de crecimiento

Conflictos en la crianza con apego: crisis de crecimiento

En la vida siempre hay conflictos, nos ayudan a avanzar, no debemos temerlos. ¿La clave para resolverlos?: afrontarlos con determinación, respetar a las demás personas, dialogar, y no olvidarnos de nuestro sentido del humor.
Elena Mayorga

El mágico y, para muchos, demasiado breve, periodo del embarazo mantiene a las madres y los padres durante unos cuantos meses en un estado de felicidad y euforia casi permanentes. El bebé está ahí, ya no es un proyecto, pero no ha nacido aún y, exceptuando algunas molestias pasajeras, todos nos dedicamos a planear, elucubrar y vivir presos de mil y una ilusiones, de mil y un propósitos de futuro.

Nace el bebé y, algunas veces, por desgracia en estos tiempos, la más de las veces, un complejo parto nos confronta con una realidad más dura y dolorosa de la que habíamos concebido. Sentimos fatiga, descansamos a saltos, el bebé necesita muchos cuidados y las madres vivimos, en este primer periodo del puerperio, un vaivén hormonal y emocional que nos mantiene durante unos meses desconcertadas y muy turbadas.

Por su parte, los padres ven como su compañera no puede asumir toda la carga que llevaba antes del nacimiento de su precioso hijo, y es él, el que debe responsabilizarse del cuidado emocional, material e incluso físico de su pequeña familia. Lo que en muchas ocasiones no es tarea fácil.

Tanto para el padre, como para la madre, a pesar de la inmensa emoción que sienten junto a su bebé y de la indescriptible alegría que supone acompañar a un hijo en su crecimiento, la vida ya no se ve tan de color de rosa como en el embarazo. Comienzan los primeros conflictos en la crianza y llega el momento tanto para la madre, como para el padre, de asumir su nuevo papel en la vida. Somos adultos, nos hemos responsabilizado del bienestar de un ser humano, al que además adoramos, y debemos comenzar nuestro propio camino de transformación interior. La tarea no es sencilla y sufriremos más episodios de desencanto y desazón, pero si nos comprometemos con la vida, lograremos superar todos estos periodos conflictivos de la mejor forma para cada miembro de la familia.

A medida que el bebé crece, los conflictos aparecen. Tenemos crisis de lactancia, la llegada del “yo solo”, la época de los berrinches, el periodo de pegar, la racha de malhumor … y seguro que muchos ejemplos más que estáis recordando.

Estos periodos de conflictos, producen un desequilibrio en la estabilidad familiar que a veces deriva en riñas continuas, peleas e incomprensión. Cuanto más mayores son nuestros hijos, más graves son estos periodos de crisis, pues más autonomía tienen nuestros niños tanto de acción, como de pensamiento.

Si estos desequilibrios no los hemos ido resolviendo de forma adecuada, al llegar la adolescencia estallará una crisis mucho más grave y un infranqueable muro de incomprensión se erigirá entre los bandos que se han ido formando en la familia a lo largo de los años (los padres contra los hijos, la madre y el hijo contra el padre, etc.).

Para no llegar a este punto, casi sin retorno, resulta de vital importancia afrontar cada conflicto en la crianza de nuestros hijos con información, y como un reto en nuestro proyecto de vida en común. Como adultos, nosotros tenemos la responsabilidad de acompañar a nuestros hijos en su crecimiento de una forma respetuosa. En este tipo de crianza basada en el apego, los puntos básicos de apoyo son además del respeto hacia el niño, su autorregulación, y sus periodos de desarrollo, el Amor, la comprensión, el diálogo y la paciencia.

Un niño feliz, autorregulado y respetado, a pesar de todos nuestros desvelos, también sufre momentos “conflictivos”, suelen producirse en los periodos de grandes cambios en la familia (nace un hermano, empieza el colegio, traslado de casa, fallecimiento de un familiar, etc.), o en las llamadas crisis de crecimiento, es decir, en las fases en las que en su cuerpo y su mente se están produciendo importantísimos hitos evolutivos que requieren de toda su energía y esfuerzo para superarlos.

Para no alargarme demasiado, en este artículo nos vamos a ocupar en concreto del segundo supuesto. Más adelante, abordaremos el primero.

Cuando llega una crisis de crecimiento, vemos como nuestra hijo, que hasta esos momentos era un bebé o un niño feliz, de repente llora más, está de peor humor, si aún lacta, pide pecho con mucha más frecuencia, y por lo general, le vemos más nervioso e irritable de lo que él solía ser. Nosotros, que ya llevábamos casi controlado los temas de crianza, comidas y hasta casi los montones de ropa sin doblar que inundan la casa, nos desconcertamos, el descontrol vuelve a aparecer en nuestras vidas, y el día a día se complica.

En estos momentos, resulta de vital importancia que controlemos nuestro ego y comprendamos que nuestros hijos no están así para “fastidiarnos”, para “ponernos a prueba”, o “para hacerse con el control de la familia” (o lo que se nos pase por la cabeza).

Todas estas preocupaciones de adultos, no tienen ni el más mínimo interés para ellos, son inseguridades nuestras, arrastradas de nuestras propias carencias infantiles. Si no nos acompañaron en nuestras propias crisis infantiles con respeto, nos chocará y costará mucho comprender que nuestros hijos se comportan de forma diferente porque sus cuerpos y sus mentes están sufriendo enormes cambios físicos e intelectuales.

Tenemos que comprender que las crisis de crecimiento corresponden a periodos (de diferente duración) en el que el cerebro de nuestros hijos está conectando sinapsis en un número y a una velocidad increíbles. En sus vidas se ha producido, entre otros,  un cambio importantísimo: comenzar a ser consciente del mundo que te rodea, gatear, andar, existo como “yo”, como entidad autónoma, puedo hacer las cosas por mi mismo, ya no soy un bebé, ya no soy un niño pequeño, etc …, y su cerebro se transforma para adaptar el cuerpo y la mente de nuestro hijo a su nueva realidad.

Cuando lleguen estos periodos, para afrontarlos con eficacia, no debemos culpabilizarnos, aunque sí es importante que nos autocuestionemos ¿podemos cambiar algo en nuestro comportamiento que facilite la vida al resto de la familia? ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a afrontar la crisis de la mejor forma posible para todos? ¿qué tengo que cambiar en mi interior para sumir que mi hijo es más mayor?

Debemos analizar los cambios que se han producido en nuestras vidas interiores y exteriores y acompañar con mucha paciencia a nuestros hijos. Sé que son momentos muy difíciles en los que a veces no podemos más y llegamos al límite de agotamiento físico y mental. Pero todos podemos hacerlo. Debemos ser conscientes de que para nosotros estos días, semanas o incluso meses, también son momentos de crisis vitales en las que tenemos que superar nuestras propias carencias y curar nuestros egos heridos para no perjudicar a nuestros hijos. Todos los miembros de la familia entramos en una especie de desequilibrio, en una vorágine de crecimiento vital que debemos superar acompañándonos de forma respetuosa, hablando, pensando soluciones y sobretodo escuchándonos.

Cuando tu hija entre en uno de estos periodos, oye lo que te dice con atención porque ella te va a dar las claves para comprender lo que su nuevo cuerpo y su nueva mente, transformada por una miríada de nuevas sinapsis, necesitan de ti para seguir creciendo de una forma autorregulada y acorde con sus necesidades de desarrollo biológicas y emocionales. Escucha atentamente a tu hijo, puede que te esté pidiendo que amplíes sus límites, es más mayor y necesita controlar más su vida, tal vez necesite su propio espacio, independiente del vuestro, a veces está creciendo y les da miedo dejar de ser bebés y necesitan de nuevo muchos mimos y caricias, a veces quieren empezar a tomar sus decisiones que tú tomabas por ella de forma independiente ¿qué me pongo?, lo que quiero leer, en lo que quiero ocupar la tarde, etc.

Cada uno de nuestros hijos que está en estos momentos de crecimiento tendrá sus propias inquietudes y sus propias peticiones. Una vez más, somos los adultos los que tenemos que realizar un inmenso trabajo de transformación interior para adecuarnos a lo que nuestros hijos necesitan de nosotros.

La crianza tiene momentos muy difíciles, todos hemos pasado por ellos. Pero no nos dejemos llevar por el desánimo, busquemos apoyos en nuestras parejas, en nuestros amigos, en nuestra tribu y unámonos para superar esos baches o etapas que nos depara el destino. Cuidémonos y sigamos confiando en el Amor y el Apego, es lo mejor para nuestros hijos.

Texto: Elena Mayorga

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.