¿Media naranja o naranja entera?

¿Media naranja o naranja entera?

“Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja y que la vida solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad.
No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie merece cargar en la espalda la responsabilidad de completar lo que nos falta” John Lennon

Hace unos días, un amigo compartió en la red esta frase de John Lennon en la que el cantante reflexionaba sobre la falsa idea de buscar y hallar nuestra otra mitad, esa otra persona que viene a completarnos y nos permite, una vez unidos, sentirnos plenos.  La de la media naranja es una imagen tan extendida en nuestra sociedad que pareciera que todos precisamos encontrar a esa “alma gemela” para colmar nuestra soledad, cubrir nuestras necesidades emocionales y físicas y completar nuestra felicidad. Las novelas, las películas, la publicidad y la información cultural patriarcal que nos rodea, transmiten la imagen “Disney” de que toda chica necesita su príncipe azul y que todo chico necesita a su Bella Durmiente o su Blancanieves para ser felices y comer perdices.

Resulta curioso cómo, además, este mito griego, narrado por el poeta de comedias griego Aristófanes en la obra de Platón “El Banquete”, a lo largo de la historia ha sido revisado de forma homófoba y si bien en un principio las naranjas primigenias del mito, separadas en dos por Zeus, estaban formadas o por dos partes masculinas, o dos partes femeninas o dos partes mixtas (hombre, mujer), a nuestros días ha llegado la idea reduccionista de que hallarás tu alma gemela, la otra mitad de tu naranja, en el otro sexo.

Sin embargo, independientemente de nuestra orientación sexual, todos tenemos que comprender que la idea de que somos seres incompletos necesitados de una medida naranja para sentirnos plenos es falsa. Buscar una felicidad ideal aportada por una supuesta “alma gemela”, además de arrastrarnos a una continua insatisfacción, llena nuestra vida de frustración e irrealidad. En este artículo veremos cómo, para poder encontrar lo que está dentro de nosotros,  debemos dejar de centrar nuestras expectativas en el exterior.

Como suele ser habitual, tenemos que remontarnos a la primera infancia para comprender cómo dejamos de ser completos (como decía Lennon) y nos fuimos alejando de nuestro verdadero yo. El proceso se inició cuando éramos muy pequeños y dependíamos, para subsistir, de los cuidados de figuras de apego adultas. Los bebés saben, y este es su mayor temor, que sin la debida atención mueren, por lo que cuando perciben que están en peligro, hacen todo lo posible para recibir esos cuidados indispensables, incluso, si esto supone dejar de prestar atención a su propio instinto y abandonar el cuidado de su yo.  Si el pequeño no se siente realmente atendido en sus necesidades, intenta plegarse a los intereses de quienes le tienen que cuidar para que éstos no se enfaden, ni le abandonen. A medida que este bebé crece y perdura esa sensación de pánico, el pequeño va sacrificando una parte de su Yo para ser aceptado por los demás, para que no le castiguen, para que no se enfaden con él, para que le acepten y le quieran, etc.

Cuando los niños son sometidos a presiones (“cállate”, “pórtate bien”) o a chantajes (“si no me das un beso, no te querré”), poco a poco, se desconectan de sus propias necesidades y acaban escondiendo su parte más profunda bajo capas y capas de normas e imposiciones. Para que un niño entierre su alma, no necesita haber vivido un grave suceso traumático puntual, el simple goteo continuo de las presiones exteriores, resulta lo suficientemente dañino como para acarrear estas nefastas consecuencias para su ego, para su yo, para su psique. A cambio de ese sacrificio, el pequeño consigue un enorme beneficio inmediato: sentirse aceptado, sentirse mirado, sentirse vivo. Sin embargo, el precio a pagar siempre será demasiado alto; puede que no sea consciente en ese mismo instante, pero años más tarde, las consecuencias de ese sometimiento se harán presentes en su vida adulta.

Aquella parte nuestra, profunda y auténtica, que no dejamos desarrollarse, va ocasionando en nuestras vidas un profundo vacío emocional y una enorme sensación de insatisfacción. A medida que crecemos, cuando llegamos a la etapa adulta, tratamos desesperadamente de llenar la honda soledad que sentimos. Mas, nada consigue colmarla. Unos lo intentan con drogas o alcohol, otros con comida, otros comprando compulsivamente o dejándose llevar por cualquier otro tipo de adicción. Sin embargo, nada nos permite escapar de esa incómoda sensación de vacío. Tal vez, justo en estos momentos sea cuando nos topemos con nuestra “media naranja”, es decir, con una persona que nos hace sentir completos y que, en apariencia, cubre nuestras carencias. Pero nuestras necesidades emocionales, las presentes y las que arrastramos desde nuestra infancia, son tan numerosas que difícilmente podrán ser resueltas por el frágil equilibrio aportado por la “media naranja”. Equilibrio, que en cualquier momento puede quebrarse como consecuencia de una situación que se salga de nuestra norma.

Sólo lograremos liberarnos de los efectos de todas nuestras carencias, cuando nos demos cuenta de que únicamente nosotros podemos llenar ese profundo vacío interno que hace que nos sintamos incompletos. Seguir esperando que papá o mamá, proyectados en nuestra pareja, nos hagan caso es alimentar una vana esperanza que jamás se cumplirá. Nuestra parte adulta debe ser la que, compensándole los cuidados y la atención que no pudo tener en su momento, nos ayude a sanar a nuestro niño herido. Si conectamos con nuestra intuición, con nuestro verdadero Ser, podremos reforzar nuestra autoestima y tomar las riendas de nuestras vidas para liberarnos de los viejos prejuicios. Una vez que hayamos realizado este trabajo de sanación del yo y de autoconocimiento, dejaremos de percibir el vacío y ya no necesitaremos a una “media naranja” para sentirnos completos. Cada uno de nosotros, pasaremos a ser naranjas enteras, lo que afectará radicalmente a la forma de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestro entorno. Por lo tanto, tras este proceso, los vínculos que establezcamos con otras personas serán mucho más sanos, fuertes y equilibrados.

El viejo aforismo “nosce te ipsum” (“conócete a ti mismo”) cobra, entonces, todo su significado. Cuando logramos integrar de manera armónica todo nuestro ser, todo lo demás viene rodado.

Antes de finalizar, me gustaría realizar una aclaración, el hecho de sentirnos en equilibrio con nosotros mismos, naranjas enteras, no invalida, ni excluye, el deseo de compartir nuestras vidas con otras personas. Pasar la vida con la pareja adecuada, siempre es una maravillosa experiencia de aprendizaje y crecimiento mutuo. Sin embargo, si nos conocemos a nosotros mismos, las relaciones que establezcamos, sobre todo las Amorosas (pareja e hijos), no estarán basadas en la compensación de carencias, en el dominio o en  la inestabilidad, sino en la cooperación, la ayuda mutua y el equilibrio. La pareja realmente equilibrada no es la formada por dos mitades de una naranja, sino por dos naranjas enteras y completas.

Texto: Ramón Soler

Foto: Ramón Soler

 

 

 

Acerca del autor

Ramón Soler Ramón Soler - rsoler@mentelibre.es Psicólogo Colegiado Sanitario experto en Terapia Regresiva Reconstructiva, Hipnosis Clínica, Psicologia Pre y Perinatal, Psicología infantil y Psicología de la Mujer. Escritor, Divulgador y Conferenciante. En la actualidad pasa consulta Online para todo el mundo y Presencial en Málaga (España). Compagina esta labor con la de Codirector, Autor y Administrador de este Blog. Puedes visitar más sobre su trabajo como Psicólogo en : www.regresionesterapeuticas.com