La carta: Aprender experimentando

La carta: Aprender experimentando

Hace un mes, Adriana envió su primera carta por correo tradicional. Me pidió que le comprar sobres de colores (los blancos, según me comentó, son muy aburridos), escribió una carta, añadió un dibujo, preguntó la dirección de sus Titos, fuimos al estanco por un sello, nos dimos un paseo para ir a depositarla al buzón, pensamos cómo sería recogida y distribuida, y acabamos en casa, calculando las horas, los días, los minutos y segundos que tardaría en llegar a su destino.

Para llegar a este hito en su vida, mi hija lleva ya varios años de aprendizaje activo en diferentes áreas: escritura, lectura, matemáticas, psicomotricidad, manejo de monedas, socialización, localización espacial, etc. Sin imposiciones, sin coacciones, sin obligaciones marcadas por unos parámetros fijos, Adriana ha ido aprendiendo, durante su primera infancia, todo lo que su cuerpo y su mente le han pedido experimentar. Ella ha crecido y aprendido, jugando, preguntando, explorando y descubriendo.

Tod@s l@s niñ@s vienen dotados para el aprendizaje, sólo tenemos que ser respetuosos y permitirles realizar la adquisición de competencias a su ritmo, manifestando sus necesidades, escuchando sus demandas, dejándoles crecer de dentro hacia fuera, no intentándoles imponer su desarrollo intelectual y físico desde el exterior.

Nuestros hijos, cuando nacen, naturalmente vienen dotados con los mecanismos imprescindibles para sobrevivir: saben comer, dormir, avisar de su malestar, aprender. Además, para continuar desarrollándose y seguir creciendo, al igual que las plantas y los árboles, necesitan extender sus propias raíces y captar los nutrientes que precisan para florecer y madurar. Cada niño, según sus circunstancias particulares, necesita sus propios nutrientes y tiene un ritmo diferente de asimilación y crecimiento.

Asimismo, siguiendo con el símil de las plantas, los niños también precisan agua de lluvia para crecer. Nosotros, los adultos, somos los encargados de proveerla. Los padres, las madres, cuidadores, educadores, familiares, tenemos que proporcionarle a nuestros hijos nutrición física y emocional, acompañamiento respetuoso, un modelo sano de convivencia, de cooperación, de respeto hacia las demás personas. Nuestro papel, más que a los conocimientos teóricos, que también podemos mostrar sin imponer o cuando nos los demanden, debe estar ligado a los cuidados físicos y emocionales de nuestr@s pequeñ@s.

Los adultos, somos como el caudal del agua de lluvia que permite el crecimiento vital de los niños. Si llovemos demasiado, estamos siempre encima, agobiamos, manipulamos, castigamos, gritamos, inundamos a nuestros hijos y no crecen e incluso, pueden llegar a pudrirse. Si, al contrario, les dejamos a su libre albedrío, sin referente moral y sin el adecuado cuidado emocional, acaban perdidos, secos, sin saber dónde encontrar ese agua emocional imprescindible para su desarrollo.

¿Cómo proveer esa lluvia en su justa medida? No es fácil nuestro papel en una sociedad jerarquizada tan dada a ordenar, subyugar, obligar y denigrar a los demás.

¿Cómo acompañar sin imponer? ¿Cómo dejar que nuestros hijos se desarrollen realizando un acompañamiento emocional adecuado?

Son muchos los interrogantes que se nos plantean a una generación de madres y padres que estamos descontentos con los modelos anteriores de crianza, de los que muchos fuimos víctimas.

Sin embargo, debemos confiar primero en nuestros hijos, ellos saben lo que necesitan y lo manifiestan. También, tenemos que creer en nosotros, en el amor y el cariño que les procesamos a nuestros pequeños, en las ganas de superarnos, en nuestro deseo de que crezcan siguiendo sus necesidades y no según lo que le impongamos o le impongan porque es lo que marca la sociedad.

Cada niña, cada niño, viene dotado de sus propios intereses, ritmo de desarrollo, de maduración, con sus circunstancias particulares y nace en una familia que está en una situación determinada. No pensemos que por ser adultos somos el Sol y la Luna, astros brillantes omnipotentes. Seamos humildes, como el rocío, como el agua de lluvia, y acompañemos con esa humildad a nuestros hijos en su crecimiento. No lo sabemos todo, aprendamos a su lado, crezcamos, como padres, como madres, como adultos, observando, mostrando un ejemplo sano y adecuado, siendo humanos imperfectos (todos cometemos errores), ofreciéndole a cada uno de nuestros hijos sus propios nutrientes físicos y emocionales.

Texto: Elena Mayorga

Foto: Flikr

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.