Nuestros hijos no son nuestros enemigos

Nuestros hijos no son nuestros enemigos
“La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de la puericultura y más expuestos están los niños a la muerte violenta, el abandono, los golpes, el terror y los abusos sexuales.” Lloyd de Mause

En los últimos tiempos, circulan por la red algunos textos muy hirientes e ignominiosos hacia los niños. Ya sé que esto no supone ninguna novedad. En la historia de la infancia los niños siempre han sido cosificados y tratados con extrema virulencia y desdén, pero el grado de agresividad, de egolatría y de inmadurez mostrado en estos artículos me ha dejado, desagradablemente, sorprendida.

Según estos escritos, que por cierto han alcanzado una gran repercusión, debido a los nuevos estilos de crianza (léase crianzas respetuosas no coercitivas) muchas madres y padres se han lanzado a darles “barra libre” a sus hijos en cualquier aspecto de sus vidas. Los niños, para el adultocentrismo, pequeños tiranos desagradecidos, taimadamente, les han devuelto “el favor” convirtiéndose en pequeños “dictadores” insaciables que, en cualquier momento y en cualquier lugar, todo lo quieren y todo lo demandan.

Ante tanta libertad y despropósito ¿cuál es la solución preconizada desde esos artículos? ¡Cómo no!, recuperar la autoridad perdida y “meter en cintura” a los díscolos infantes a través de estrictas normas, reglas y castigos. No más libertades para ellos, sus madres y padres deben reglar, rigurosamente, cada paso de su vida. La autoridad materna, paterna, no debe ser transgredida, es dogma y ley. En la familia, sólo la voz de los adultos debe ser la que hable, ordene, mande, castigue, incluso llegado el caso, físicamente.

Tal vez, porque cada vez se alzan más voces contrarias a la crianza basada en la sumisión y en la obediencia “ciega” a la autoridad, vemos cómo se está produciendo un repunte en la defensa enconada de las diferentes ramas de la pedagogía negra. Todas ellas, desde las que hablan abiertamente de castigos corporales y/o psicológicos para doblegar al niño, hasta las más, supuestamente, light que se esconden tras términos menos agresivos, pero cuyas actuaciones y consecuencias son similares, se basan en una imagen del niño antagónica a la del adulto. Según ellos, los niños son irracionales, destructivos, perversos, manipuladores frente a los adultos que son el paradigma de la razón (porque yo lo digo), de la sabiduría (por tu propio bien) y de la generosidad (porque yo te dejo, porque yo te lo permito).

Esta imagen tan negativa (y falsa) de la infancia parte de una visión patriarcal y jerárquica de la sociedad. Todas estas pedagogías negras, pasadas a lo largo de la historia por el tamiz de diferentes dogmas ideológicos o religiosos, son reduccionistas y se basan, para su perpetuación, en el miedo y en una visión violenta y dual de la existencia: bien/mal, ordeno/obedezco, arriba/abajo, malo/bueno, racional/irracional, etc. En la parte positiva de su estructura social, por supuesto, se situaría la figura de autoridad paterna o materna (hasta hace unas pocas décadas, sólo la paterna) y en la negativa los niños, seres “irracionales”, cargados de malas intenciones, necesitados de ser ordenados y doblegados. Para lograr este propósito, las pedagogías negras justifican la utilización de cualquier medio, incluso la violencia física y/o psicológica.

Sin embargo, a pesar de llevar instaladas entre nosotros desde hace milenios, sin lugar a dudas, otras culturas y formas de criar así nos lo han mostrado, todas estas pedagogías negras yerran. Los niños no son como ellos nos cuentan, como ellos los piensan, como ellos los ven debido a su inflexible acervo cultural. Se equivocan, los niños no nacen malvados, ni mentirosos, ni crueles, ni violentos, ni torticeros, etc. Tal vez algunos adultos sí lo seamos. Tal vez la mayoría de adultos nos mostremos a veces hostiles o agresivos. Pero no nacimos así, somos el fruto de nuestra cultura, la consecuencia de crianzas coercitivas, crueles, basadas en violencias visibles y/o invisibles. ¿Nos trataron con dulzura o con violencia? ¿Nos apoyaron o nos denigraron? ¿Nos pegaron o buscaron formas alternativas para solucionar las crisis? ¿Nos pensaron con admiración, cariño, respeto? ¿O nos decían que éramos malos, rebeldes, contestones, etc.?

Como sociedad, tenemos que superar este sesgo cultural con respecto a la infancia, esta perspectiva reduccionista y demonizadora en la que se les etiqueta, se les culpa y se les cuelgan todos nuestros males.

Como adultos, tenemos que madurar, flexibilizar nuestras posturas y responsabilizarnos de nuestros hijos. Ellos no son malvados, ni tienen aviesas intenciones para con nosotros. Por supuesto que es complicadísimo criarlos, que a veces nos cansamos, nos agotamos, que perdemos los nervios, que es extremadamente complejo resolver las crisis, que nos faltan recursos respetuosos, pero, nuestras carencias no deben empujarnos a cargar con nuestra infelicidad a nuestros hijos. Tomemos nuestras decisiones como adultos, no como niños heridos.

Asumamos nuestras responsabilidades, entre ellas, soltar el lastre de nuestro pasado para no perpetuar crianzas violentas. Cuando comprendemos y asumimos que existen otras formas de acompañar a la infancia, de entender y conocer a nuestros hijos, nosotros mismos maduramos y superamos la visión reduccionista de las pedagogías negras.

Asumamos nuestras responsabilidades, entre ellas, dotar a nuestros hijos de las herramientas para ser y convertirse en personas con alta autoestima, respetuosas, maduras, comprensivas, empáticas, seguras de sus derechos y deberes.

Asumamos nuestras responsabilidades, entre ellas, buscar el equilibrio en la familia, comprender la edad que tienen nuestros hijos, superar nuestras carencias. En vez de utilizar recursos dañinos como presionar, premiar, castigar, busquemos herramientas respetuosas, entre ellas, decidir, consensuar, negociar. Si nos equivocamos, todos lo hacemos y lo haremos, rectifiquemos, busquemos, entre todos, soluciones adecuadas.

Asumamos nuestras responsabilidades, entre ellas, comprender que todos los miembros de la familia somos importantes. Cuidémonos, busquemos momentos para nosotros, para la pareja, para nuestras aficiones. Busquemos una red de amigos y familiares en la que nos apoyemos mutuamente: abuelos, asociaciones, grupos de apoyo, escuelas respetuosas, familias amigas, actividades, etc. Comprendamos que nuestros hijos no son nuestros enemigos, son nuestra responsabilidad, nuestro amor, las personas que confían en nosotros que somos su madre, su padre.

Texto: Elena Mayorga

Foto: Flickr

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.