¿Eran obscenas nuestras antepasadas?

¿Eran obscenas nuestras antepasadas?

Para leer este artículo, necesito que hagáis un ejercicio de imaginación y me acompañéis al pasado…

Estamos en el norte de España, hace unos 15 000 años, Viento del Sur, está recogiendo semillas, frutos secos y plantas junto a los ancianos y los niños de la tribu. También, está con ella Cielo gris con su bebé colgado a la espalda. El bebé aún es muy pequeño para dejarlo solo mientras ella se va a cazar, para eso faltan algunos años, hasta que él pueda comer por sí mismo, hablar, correr y quedarse, con seguridad, al cuidado del grupo recolector.

Es otoño y hay mucho por hacer, así que todos trabajan infatigablemente para recoger una comida que van a utilizar durante meses para alimentarse. El invierno se aproxima y no hay tiempo que perder, cuanto más hayan recolectado, más reservas tendrán.

Viento del Sur se siente fatigada, se detiene un momento y, mientras bebe un poco de agua, sonríe al ver como el bebé de Cielo gris mama satisfecho del pecho de su madre. A Viento del Sur, desde pequeña, le gusta ver a los bebés colgados de sus madres, mamando y sonriendo. Ahora falta poco para que ella se cuelgue a su precioso bebé. Su bebé, un bebé del otoño.

Vuelve a notar esa sensación, sabe lo que es por las madres y las abuelas de la tribu. Desde que era pequeña ha escuchado hablar sobre partos, sobre nacimientos y ha asistido a la mayoría de los que se han producido en la tribu. Se siente fuerte y poderosa, aprieta la estatuilla que lleva colgada de su cintura y decide avisar a las ancianas, entre ellas, a su madre, Lluvia, que está un poco más allá recogiendo nueces.

Es un día importante para la tribu, pronto llegará un nuevo miembro. Todos, menos las personas que han ido a cazar (hombres y mujeres) vuelven al poblado, situado cerca de la cueva que les sirve de santuario y de refugio durante el invierno. Algunos adultos y algunos niños recogen, cuidadosamente, todo lo recolectado y preparan la comida, mientras que otros, los que ella ha escogido, acompañan a Viento del Sur a la cabaña de los nacimientos. La cabaña de los nacimientos es la edificación más importante del poblado; en ella, llegan sus nuevos miembros, a veces por poco tiempo. Al igual que ocurre con los animales que les rodean, en ocasiones, la vida de los bebés de la tribu es muy breve. Viento del Sur vuelve a apretar su estatuilla, confía en que su bebé sea fuerte y poderoso, como ella misma es.

Durante algunas horas, pocas, Viento del Sur está de parto. Se mueve desnuda, pletórica, por la estancia. Libremente, va buscando la postura más cómoda. Si lo pide, le aplican masajes, la abrazan, le tienden la mano o una cuerda que pende del techo para sujetarse. A veces, las sensaciones que le llegan son fuertes y necesita mucho el apoyo que le dan para no desfallecer. También come algo y bebe una infusión tibia que le ayuda a no estar sedienta. Está desnuda y nadie parece escandalizarse. Su prima Cielo gris, de vez en cuando, se saca la teta para que su bebé mame y nadie parece escandalizarse. Otro niño, de unos cinco años, también está junto a su madre mamando.

Madre y bebé ya están preparados, ha llegado la hora. El bebé se desliza a través de la vagina de su madre y nace. Nadie parece escandalizarse al verlo atravesar la vulva de su madre, muy al contrario, lanzan gritos de alegría cuando contemplan a la bebé, a los pocos minutos de estar sobre el vientre de su madre, deslizarse hasta su pecho para mamar vigorosamente. Toda la tribu sabe que la leche de su madre alimentará a la hija durante muchos años.

Hace un millón de años, hace 100.000 años, hace 15.000 años, hace 8.000 años, nadie encontraba obscena la desnudez de la mujer. Etapas de la sexualidad femenina como el embarazo, el parto, la lactancia materna, eran tomadas naturalmente y celebradas como lo que significan, momentos fundamentales de nuestras vidas, de todas nuestras vidas. No todos los seres humanos han parido o parirán, es una imposibilidad biológica. Pero todos, absolutamente TODOS, hemos pasado unos meses en el útero de nuestras madres, hemos nacido, con suerte, a través de su vagina y, con aún más suerte, hemos sido alimentados con su imprescindible leche materna.

¿Somos todos fruto de actos obscenos? ¿Somos todos el resultado de un cúmulo de episodios pornográficos?

Desde luego que no. Amamantar, parir, son estadios normales y naturales de la sexualidad de la mujer y del hombre, recordemos, todos nacemos de madres y mamamos de pechos de mujer. Las personas que ven obscenidad en un parto o pornografía en una bebé mamando, arrastran tras de sí creencias, ideologías y dogmas profundamente misóginos y mórbidos. Creencias castradoras transmitidas durante milenios para avergonzarnos de nuestra desnudez, de nuestra naturaleza. Creencias, creadas para dominar, someter y castigar a través de la vergüenza y el miedo.

Desde luego que las tetas, el pecho, las mamas, no son obscenas, ni pornográficas, son naturales. Sólo las interpretaciones torticeras y mórbidas son obscenas.

Desde luego que una mujer desnuda, pariendo, con su bebé naciendo a través de su vagina no es obscena. Sólo las interpretaciones torticeras y mórbidas son obscenas.

¿Cómo habría evolucionado nuestra especie si hace 100.000 años el dar de mamar y el parir hubieran sido considerados como un tabú?

Nuestra sociedad sigue siendo profundamente machista. La maternidad, la sexualidad femenina, se reprimen, se censuran, se tapan, aludiendo al pudor, a la obscenidad, a la pornografía. Si el pecho femenino se muestra como objeto del deseo masculino, no existe tal censura. Pero si una foto muestra un bebé mamando de la teta de su madre, esta imagen se oculta, se tapa, se censura. Si se emite un anuncio en el que se insinúa que una joven debe ofrecer su cuerpo para obtener un dulce, pocas voces se alzan para protestar. Sin embargo, si se muestra una imagen de un bebé naciendo en la que se ve la vulva de su madre, se censura, se acalla, resulta tabú.

Parir no es obsceno, ni pornográfico, la persona que así lo interpreta está limitada por su propia historia personal cargada de represión, dogmas misóginos y creencias castradoras.

Un bebé mamando de una teta no es obsceno, ni pornográfico, la persona que así lo interpreta está limitada por su propia historia personal cargada de represión, dogmas misóginos y creencias castradoras.

Nuestros cuerpos no son obscenos, parir no es pornográfico, dar de mamar no es perverso. ¡¡Basta ya de reprimirnos!! ¡¡Basta ya de censurarnos!! ¡¡Basta ya de ver a las mujeres como meros objetos!!

Texto: Elena Mayorga

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.