Se me mueve un diente

Se me mueve un diente

Hace unos días, un torbellino me despertó bien temprano. Estaba aún profundamente dormida cuando, sin saber cómo, unos suaves pasitos se colaron en mis sueños. Tras escuchar ruido de pisadas, sentí cómo la puerta de mi dormitorio se abría de par en par y cómo una vocecilla, dulce y amada, gritaba visiblemente emocionada: ¡¡Se me mueve un diente!! Y repitió ¡¡Mamá!! ¡¡Se me mueve un diente!!

No puedo describir el cúmulo de emociones que me hicieron sentir estas pocas palabras. Mi niña, mi preciosa Adriana, iba a comenzar YA a cambiar sus dientes. Durante poco más de seis años, habíamos acompañado a nuestra maravillosa hija en sus etapas de bebé y en su primera infancia y, ahora somos conscientes de ello, nos encaminamos hacia una nueva etapa de su niñez. Adriana, en pocos meses, terminaría una importantísima fase de desarrollo físico (cuerpo, dentición, cerebro) y emocional. Ya no va a ser la pequeña “Adrina”, como le gusta llamarla a una querida amiga mía, sino Adriana, la niña más mayor, con un cuerpo más grande y una mente abierta a nuevos intereses y actividades.

Llegado un momento tan importante en nuestras vidas, toca hacer balance de todas las vivencias transcurridas en estos seis años. Nunca imaginé, por más que hubiera leído y estudiado tanto sobre la infancia y la crianza, que el tener una hija y el perder a otra, iba a revolucionar tanto mi vida. Me he enfrentado a procesos durísimos, a otros hilarantes y a muchísimos tiernos y gozosos.

Estos seis años junto a Adriana me han traído muchísimas enseñanzas, entre otras, el percatarme de que no fui una niña respetada, ni acompañada desde el cariño. No digo que mi padre y mi madre no me amaran, sino que no supieron criarme como yo necesitaba. Personalmente, he leído, estudiado y trabajado mucho para liberarme de las carencias de mi infancia. Pero creo que, sin lugar a dudas, han sido todas las vivencias pasadas junto a mi hija, las que me han mostrado cuales son algunas de las necesidades de los niñas/os para crecer sanos y felices. Por cuestión de espacio, nombraré aquí solo unas cuantas.

Los niños necesitan, entre otras cosas:

AMOR: ser amados, mimados, besados, porteados, abrazados, acompañados, alimentados desde el cariño, tratados con dulzura, escuchados con ternura. La oxitocina es la hormona del Amor, el pegamento que une a las familias, a los amigos. El Amor aporta alegría a nuestros corazones, felicidad a nuestros cuerpos, salud a nuestras vidas. Ellos también necesitan sentirnos presentes, tocarnos, mirarnos, olernos, notar nuestro calor, nuestro afecto, nuestro Amor.

¿Qué mejor que crecer rodeado de Amor, de salud, de sentimientos y emociones felices?

PACIENCIA: Cada niño tiene sus tiempos para crecer y madurar. Si les forzamos, aprenden por obligación, no disfrutan y pueden arrastrar emociones negativas ligadas a esa enseñanza. Además, los niños no deben ser comparados entre ellos, incluso dos gemelas idénticas maduran en diferentes momentos.

Paciencia, todo llega, pero en su momento. Cuando esté y se sienta preparado:

Tu hija/o dejará el pañal.

Se irá a dormir a su cuarto.

Aprenderá a leer, restar, sumar, dividir, etc.

Se vestirá, se duchará, arreglará sus cosas sola/o.

Madurará, crecerá, será adulto y se marchará a vivir su propia vida.

SERENIDAD: Gritos, nervios, regañinas, nos estresan a todos, no resuelven conflictos, no ayudan a que los niños se duerman antes o que hagan lo que les estamos pidiendo. Si les hablamos y acompañamos desde la seguridad, desde la calma, los momentos de tensión serán menos intensos para todos. En las familias, siempre pasamos por situaciones tensas, de crisis, momentos en los que nuestros hijos necesitan descargar su ira, mostrar su enfado, su oposición, pero pueden ser vividos de forma más suave si nosotros logramos no entrar en el mismo estado de ansiedad que ellos muestran (Lo sé, lo sé, esto es complicadísimo, pero se puede lograr, existen técnicas que pueden ayudarnos).

RESPETO: No somos superiores, ni debemos creérnoslo por ser adultos. Los niños son seres humanos con los mismos derechos que nosotros. Son jóvenes y les falta maduración, pero esto no nos otorga potestad para violentarlos, castigarlos, premiarlos, mentirles, abusar de ellos, ser condescendientes. Si nunca hemos sido respetados, difícilmente respetaremos.

Como explica siempre Ramón Soler: “Creciendo respetados, aprendemos a respetar.”

FLEXIBILIDAD: Si vivimos con niños tenemos que comprender que entre nosotros no debe establecerse una lucha de poder, no tenemos que tener en mente frases como “me manipula”, “se quiere salir siempre con la suya”, “no me hace caso”, etc.

En primer lugar, no te sientas herido personalmente cuando tu hijo no haga siempre lo que tú le pidas (a veces nos ocurre porque fuimos niños invisibles, nunca fuimos tomados en cuenta y ahora de adultos, cuando no nos hacen caso, sentimos las mismas emociones negativas que antaño).

En segundo lugar, recuerda, su cerebro es joven e inmaduro, muchos hechos que para ti son certezas, para ellos son incomprensibles ¿ordenar con dos años? ¿Comprender que los demás tienen necesidades cuando no saben ni que existen otras personas? ¿Comer sentado a la mesa? ¿Estar vestidos a tiempo? …

Tenemos que ser flexibles y comprender cada acontecimiento en el contexto en el que se está produciendo. La flexibilidad va unida a la perspectiva, tomemos perspectiva sobre los sucesos de nuestro día a día.

VISIBILIDAD: Para crecer felices es imprescindible saber que algunos adultos amorosos están con nosotros, nos comprenden, nos escuchan, nos nombran, nos cuentan cuentos, nos dejan tomar decisiones, se alegran de nuestros logros, nos abrazan cuando nos hacemos daño, nos acompañan sin etiquetarnos, sin reprocharnos, sin chantajearnos. También, resulta fundamental, sentir que nos aman, ver que aplauden nuestras obras de teatros, nuestros bailes, que nos acompañan sin juzgarnos, que nos aman porque somos nosotros, que no nos imponen responsabilidades para las que aún no estamos preparados, que alientan nuestras pasiones, que reconocen nuestros dones y talentos.

JUGAR EN LIBERTAD: El juego es, sin lugar a dudas, la base del aprendizaje. Los niños juegan con todo, experimentan, buscan soluciones, remueven, cogen conchas, lanzan piedrecitas, corren, saltan, bailan, chapotean. Donde nosotros vemos un simple palo, ellos encuentran mil usos. Donde nosotros vemos un plato de pasta, ellos descubren texturas, olores, sabores nuevos. Los niños tocan mucho, se llevan a la boca, cogen, agarran, sueltan….Todo juego tiene su razón. Todo juego tiene su necesidad madurativa. Los niños necesitan jugar todo el tiempo, moverse en libertad, explorar, si es posible, en entornos naturales. Los niños imaginan, crean, inventan, crecen jugando.

BUEN HUMOR: Reír, sonreír, tomarse las circunstancias de la vida con el mejor buen humor posible ayuda a nuestros hijos a ser asertivos, a desdramatizar, a ser flexibles.

Texto: Elena Mayorga

Foto: Flickr

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.