Factoría de partos: el proceso de frivolización de la cesárea

Factoría de partos: el proceso de frivolización de la cesárea

“Las cesáreas sólo deben realizarse cuando realmente sean necesarias. Resulta duro ver lo que supone una cesárea en imágenes. No es lo mismo nacer por el cálido canal del parto, preparado por millones de años de evolución, que por una fría herida. Ese corte abrupto supone que para el bebé su transición de la etapa acuática a la vida grávida sea escabrosa y violenta”. Elena Mayorga

Hace tiempo estaba zapeando delante del mi televisor cuando al pasar por un canal, que confieso que ni sabía que tenía, anunciaron un programa relativo al embarazo y al parto. Creo que se llamaba “embarazada a los 16”. Todas mis alarmas saltaron, dejé la emisión para ver cómo trataba aquel programa un tema tan delicado como el del embarazo adolescente. Así que, haciendo de tripas corazón (los reality shows, y más los que implican a niños, me horripilan) me quedé clavada en el sillón esperando, expectante, la emisión.

Como podréis suponer, la línea del programa era de lo más sensacionalista, centrándose el hilo narrativo en destacar los puntos conflictivos de la vida de la protagonista: una abuela, que también fue madre muy joven, que odiaba a los hombres, un padre adolescente lleno de dudas, una joven que se debatía entre los cambios en su cuerpo, sus nuevas responsabilidades y sus deseos de volver a ser la niña de antaño.

Siguiendo la tónica general de este tipo de programas, que buscan el morbo y el espectáculo ante todo, el relato iba mostrando a la Mamá durante todo el proceso del embarazo, en su vida diaria, en las revisiones médicas (éstas merecerían una artículo propio sobre tópicos y falsedades sobre el embarazo, el parto, la crianza), en su trabajo, reuniones con sus amigas, discusiones con la madre, etc.

Confieso que vi el programa con el corazón en un puño, apenada por la falta de acompañamiento emocional, por parte de sus mayores, que tenían los jóvenes padres. También, indignada por los consejos médico recibidos por esta joven, a la que le brindaban un acompañamiento invasivo en el que no le ofrecían otras opciones, en el que la información científica y veraz que existe sobre el embarazo y el parto no le era comunicada. Procedimientos añejos le eran vendidos como reales y necesarios.

El programa siguió, llegaron las últimas semanas de embarazo. Aunque aún le faltaban unas cuantas para parir, la joven madre se encontraba molesta, había cogido bastante peso (según el ginecólogo) y decidió que estaba cansada de estar embarazada. Preparó todas sus cosas, las del bebé también, y se fue al hospital para que le provocaran el parto. En mi fuero interno, rogué para que no se lo hicieran, para que diera con un/a profesional empático y coherente que le explicara que el bebé debía nacer en su momento, que todas las semanas pasadas dentro del útero eran necesarias para su óptima maduración.

Me equivoqué, tras realizarle un tacto, la ginecóloga de guardia le comentó que volviera la semana siguiente para inducirle el parto. ¿Por qué a la semana siguiente? Me gustaría escribir que porque le habían dicho que el bebé era demasiado prematuro y tenía que nacer más maduro. Sin embargo, la obscena realidad era que el ginecólogo contratado por la Mamá estaba de viaje y no podía él mismo, en aquellos momentos, asistir su parto. La vida de una madre y un hijo reducidas a una transacción económica. Sórdido, perverso.

Con la cara roja de estupor y el corazón acelerado, seguí asistiendo, en falso directo, al drama de ese bebé y de esa Mamá. Llegó el día de la inducción, y tras un madrugón tremendo, la familia al completo llegó al hospital. Pasó lo que me temía desde el principio: apareció la violencia obstétrica. Sí, esa que vergonzosamente algunos quieren negar que existe, pero que es terriblemente real. ¿En qué se resume? Abuso de autoridad, procedimientos médicos invasivos y abusivos, falta de empatía, de respeto hacia la fisiología humana, tecnología excesiva, iatrogenia y, al final, tras muy pocas horas de espera, cesárea. No es que la madre o el bebé estuvieran en peligro real, es que los protocolos de ese hospital dictaminaban que pasadas muy pocas horas desde la ¡¡inducción!! (inducción no necesaria), se consideraba ésta fracasada y se aconsejaba la operación. Una vez más, sin existir una emergencia real (incluidos miedos patológicos) que justificase la cesárea, a un bebé le era arrebatado su nacimiento óptimo, a una madre, un acontecimiento único de su sexualidad de mujer.

No me voy a poner a enumerar aquí la enorme cantidad de estudios que muestran las desventajas de la cesárea frente a un parto vaginal tanto para la madre como para el bebé (si se realiza una rápida búsqueda en cualquier buscador aparecen cientos de entradas sobre el tema). Desde lo físico a lo emocional, miles son las razones por las que una madre debería verse siempre apoyada para parir a su bebé. Desde lo físico a lo emocional, miles son las razones por las que un bebé debería poder cumplir el primer gran desafío de su vida, el pasar, por sí mismo, de la vida acuática a la vida grávida.

Un acontecimiento tan primordial en la vida de una persona como su nacimiento tiene que ser respetado al máximo. Sólo en un caso de urgencia extrema se debe intervenir de forma artificial en el embarazo y el nacimiento.

Sin embargo, en los últimos años, hemos asistido a una escalada en la frivolización de la cesárea. Una operación médica que conlleva un alto riesgo tanto para la madre como para el niño, y no sólo en el momento de su realización, sino también para sus vidas posteriores, nos está siendo vendida desde los medios y desde algunos estamentos médicos como si de una intervención menor se tratara.

Leemos declaraciones de famosas felices tras su cesárea, posando maquilladas, radiantes, cuyas barriguitas de embarazada han desaparecido por medio de la cirugía o el photoshop. Vemos cómo en las películas y las series un porcentaje altísimo de los partos acaba en cesárea y cómo las mamás se recuperan milagrosamente en poquísimos días (cuando esto no es cierto, la recuperación es mucho más lenta y dolorosa que la de un parto vaginal). Asistimos asombrados a anuncios de clínicas médicas en los que directamente ofrecen esta intervención, repito, de cirugía mayor, como si de realizar un empaste se tratara. En nuestro vocabulario hablamos ya comúnmente de inducciones, monitores, grapas, hilo, días de reposo, cuando, realmente, estas palabras tendrían que ser una excepción al hablar de partos y no la regla, la normalidad.

Los índices de cesáreas son alarmantes en casi todo el mundo. En hospitales públicos, nos encontramos con que 52% nacen por cesárea en Brasil, 41% en China, 31,8% en Estados Unidos, 24,9% en España. Si vemos los índices en hospitales privados, las cifras aún son más alarmantes y escandalosas, por ejemplo, nos encontramos en Brasil hasta un 90% y en España un 53,95%.

El parto, el nacimiento, ha pasado de ser una acontecimiento único tanto para los bebés, como para las mamás, a ser tomado por algo trivial, sin importancia, que puede ser intervenido caprichosamente.

Alrededor de los embarazos, de los partos, de las lactancias, se ha desarrollado una revolución industrial que tras trivializar estos acontecimientos fundamentales en nuestras vidas, los ha convertido en actos mecánicos y económicos, intentando desligar de ellos la realidad fisiológica y emocional que los acompaña. El patriarcado nos ha vuelto a estafar y ha encontrado la última vía que le faltaba para someter a la mujer, trivializar los partos, frivolizar las cesáreas, convertir partos y nacimientos en acontecimientos rodeados no sólo de dolor, sino de sufrimiento, de estrés, de frustración para mamás y bebés.

Del embarazo, las revistas, los medios, se nos vende una imagen edulcorada, de postal, mamás felices, alegres, que compran toda clase de adminículos para sus bebés. Pero se obvia la transformación emocional que supone un embarazo para una madre. Se obvia la maduración, la ambivalencia, las preocupaciones, a veces los procesos tan duros cuando se pierde el bebé. Se nos invita a consumir, no a realizar una introspección, no a profundizar lo que supone estos cambios en nuestras vidas. Nos engañan, nos infantilizan, haciéndonos quedar en la superficie, entorpeciendo nuestra maduración de mujeres a madres, a mujeres con hijos.

Del parto nos venden una imagen caótica, llena de dolor, de sufrimiento, de pérdida de control (en nuestra sociedad está muy mal vista la pérdida de control, el salirse de lo normal). Se olvidan de contar que es un momento único de la sexualidad de la mujer. Un momento en el que nos aislamos del exterior para acompañar a nuestros hijos en su nacimiento, en su llegada al mundo. Un momento en el que rompemos todos nuestros límites, en el que superamos todos nuestros miedos y somos capaces de rebasar todas nuestras barreras interiores.

Del nacimiento, nos venden siempre momentos de urgencia, que el bebé no sabe nada, que nos médicos son los que les “ayudan” a nacer, cuando la realidad es que los bebés saben cuándo ha llegado su momento para nacer. Lo hacen a su ritmo, algunos necesitan más tiempos, otros son más rápidos. Ellos están programados para pasar por el canal del parto, para buscar el camino, para realizar por sí mismos un logro único, nacer.

Las madres y los padres tenemos que informarnos, luchar por nuestros hijos, por su salud y sus derechos. No debemos permitir que falsas ideas, que se nos impone con fines económicos, como que no pasa nada por inducir un nacimiento o que parir por cesárea es menos doloroso que vaginalmente, se sigan extendiendo entre nosotras. Tenemos que nacer en nuestro momento, cuando estamos preparados. Tenemos que parir cuando nuestros hijos nos envíen la señal de que el momento ha llegado. Al quedarnos embarazadas, adquirimos la responsabilidad de acompañar a un ser humano en su desarrollo, por ello, es necesario que maduremos y comprendamos que no solamente debemos proteger a nuestros hijos, sino también a nosotras, de este proceso de frivolización que ha experimentado la cesárea (repito, operación de cirugía mayor).

Tenemos que tomar las riendas de nuestros partos, parir con información veraz.

La sexualidad de las mujeres sigue siendo sistemáticamente violentada y castrada en miles de hospitales. No podemos seguir permitiendo que el nuestros partos sean tratados como actos mecánicos y empresariales (son acontecimientos fisiológicos y emocionales de nuestras vidas). No podemos seguir permitiendo que a nuestros bebés les sean arrebatados sus nacimientos. Ellos saben nacer, nosotras sabemos parir. Las cesáreas sólo deben realizarse cuando realmente sean necesarias.

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.