Nuestros hijos como moneda de cambio

Nuestros hijos como moneda de cambio

A lo largo de la historia, siempre se ha esperado de las generaciones venideras que se convirtieran en el reemplazo de los valores de nuestra sociedad. No sólo de los valores éticos y morales, sino también de los valores económicos.

De esta forma, el hijo del agricultor debía, con el tiempo, ocuparse de las tierras labradas por sus padres, el herrero, de la herrería, el artesano, de seguir con el negocio familiar, el señor, de las tierras heredadas y así todo un largo etc.

Las hijas, sometidas en la mayoría de las sociedades al yugo sexual y económico,  debían asumir que, llegado el momento, serían cedidas al mejor postor de su entorno para casarse con él, tener sus hijos, cuidar su hogar y de paso, trabajar en el campo, el negocio que sostenía la economía de su familia, o en pro del señorío.

Los humanos nos veíamos pues avocados a una vida ya marcada bajo las directrices morales y laborales que nos eran impuestas desde la cuna. Los hijos eran el llamado reemplazo generacional y, excepto honrosas excepciones, esta era la vida que a todos les esperaba. Pocas eran las personas que se cuestionaban que el sistema era injusto y que la esclavitud, la explotación, la tiranía y la opresión no eran los sistemas ideales para vivir. Pocas eran las personas que se planteaban la idea de que era posible ir contra el orden establecido y de que era factible elegir otra forma de vida. Tampoco es que la gente tuviera muchas opciones de cambio, sobretodo entre las clases bajas. No debemos dejar de tener en cuenta el hecho de que la vida era muy dura y de que del trabajo de los hijos adultos dependía la supervivencia de sus ascendentes y descendientes.

Toda esta compleja situación de falta de independencia y de sometimiento al orden establecido, nos parece hoy en día una reminiscencia de tiempos ya pasados. Vivimos en pleno siglo XXI, casi toda la información de casi cualquier cuestión la tenemos a un golpe de click de nuestros ordenadores, tenemos independencia económica y decidimos las cuestiones importantes que nos atañen como lo que queremos comer,  estudiar, con quien deseamos compartir nuestra vida o donde vamos a ir de viaje.

En realidad, estoy hablando de una utopía. Hoy en día, cuando las circunstancias políticas, sociales y económicas podrían favorecer que nos independizáramos de las obligaciones sociales contraídas generación tras generación. Hoy en día, cuando podríamos regalarle a nuestros hijos una infancia cargada de juegos y alegría, desligada de imposiciones familiares. Hoy en día, cuando muchos tenemos la información a nuestro alcance para romper las barreras mentales preestablecidas. Resulta que, hoy en día, vivimos más explotados, esclavizados, tiranizados y sometidos que nunca.

En apariencia, tenemos libertades civiles, libertad de movimiento e independencia económica, pero, en realidad, vivimos bajo la opresión de un orden económico que prima por encima del bienestar emocional el triunfo social, el consumismo exacerbado y el trabajo a destajo para nutrir los deseos de consumo. Parece mentira, pero pocas personas se cuestionan el orden preestablecido y logran vivir de una forma equilibrada afín con los designios de su verdadero yo.

Al igual que heredamos de nuestros padres patrones de comportamiento emocional, heredamos patrones de comportamiento social, creemos que son buenos para nosotros, el orden es así, siempre ha sido ha sido, si ha sido bueno para nuestros padres, será bueno para nosotros. No nos lo cuestionamos, no podemos cuestionárnoslo, hemos vivido siempre en él, no conocemos otro tipo de vida, no puede existir otro tipo (aunque la información que tenemos a mano nos muestra lo contrario, preferimos no verlo). Incluso, creemos que mejoramos este orden, y así, cada vez entramos con más fuerza en la rueda de consumo, materialismo e individualismo.

Y puesto que así es la vida, de esta forma deben vivirla nuestros hijos, necesitan, o eso pensamos para acallar nuestra consciencia, poseer muchas cosas, ser ambiciosos, competitivos y triunfadores. Así pues, en la actualidad, en la que las circunstancias políticas, sociales y económicas podrían favorecer que nos independizáramos de las obligaciones sociales contraídas generación tras generación, nuestros hijos siguen siendo utilizados como moneda de cambio, como expresión de nuestro triunfo social y nuestro poder económico.

Desde que nacen o incluso antes, metemos a nuestros hijos en la rueda de la competitividad, tienen que ser los mejores para que en el futuro se conviertan en personas triunfadoras con un alto nivel  adquisitivo y por supuesto, más exitosos que todos los demás niños de nuestro entorno. Para lograr nuestros fines, hay que estimular a los niños, por cierto, no sirve cualquier juguete, tenemos que usar los más caros, los últimos modelos diseñados por pedagogos y técnicos de la Nasa para aumentar su inteligencia. Los bebés tienen que ser los más altos y hermosos. Si hasta el nacimiento de nuestros hijos se convierte en una cuestión de una marca olímpica a batir y ya no es raro escuchar la pregunta ¿qué Apgar dio el tuyo? El mío 10. Todo esto, sin cuestionarse los padres que la afamada clínica donde han ido para que nazca su hijo, tiene una tasa del 49% de cesáreas y que la suya ha sido totalmente innecesaria.

Tras el nacimiento, llega el momento de estropear la Lactancia Materna con la ayudita. Nuestra leche, tan poco tecnológica y tan “natural” frente a sofisticados biberones, tetinas, calentadores y toda parafernalia, parece que para muchas no es suficiente, nuestros bebés deben ser los más gorditos y, por ende, esto significa que son los más fuertes y saludables. A mayor percentil, mejor es el bebé. No es raro que alguien en la calle, en el autobús, al ver a un niño pequeñito te comente ¡qué escurridito! ¡qué pequeño! Y pregunten ¿qué percentil tiene? Y si les dices que el 3, ¡hasta se santiguan!

Y una vez creciditos, cuando pueden ya gatear (algunos con dificultades por el peso), llega la hora de la gran reválida del bebé, el parque infantil, ya es hora de independizarse de Mamá. Ella o Papá, pueden ir a sentarse en los cómodos banquitos del parque, y los bebés, deben comenzar a reptar solos entre las piernas de los niños mayores ¡que también es muy estimulante! Y si reciben un pisotón, Mamá o Papá se acercan y dicen ¡no llores! No hay que llorar, hay que crecer fuerte, afrontar el dolor con agallas para ser el mejor, el más deportista, el más atlético ¡llorar es intolerable!, te hace débil.

Y una vez que andan, ¡¡tienen que mejorar!! No pueden ser sencillamente como son y crecer según su ritmo y naturaleza ¡¡tienen que ser mejores!! ¡¡mejores que sus compañeros del cole!! ¡¡mejores que los hijos de los amigos!!, mejores que los vecinos, los primos, mejores que todos los demás. Y no solo en la parte física, sino también en la intelectual.

Hoy en día muchos padres crían a sus hijos “bajo presión”, les inscriben en numerosas actividades extraescolares, les envían a las guarderías y colegios más afamados y exigentes, les empujan para ser los deportistas más fuertes y activos. De hecho, no es raro encontrarnos con niños de tres años que, además de pasarse todo la mañana “estimulados” en la guardería, completando fichas y coloreando absurdos dibujos sin salirse de la ralla, por la tarde, deben acudir a clases de idiomas, informática, ballet, matemáticas, etc. Como consecuencia de esta intensísima jornada, algunas veces incluso más larga que la de los padres, los niños viven estresados, agotados, sin tiempo para jugar y se sienten continuamente presionados por las exigencias de sus progenitores.

Y ahora yo os pregunto ¿para qué? ¿Así serán más felices ellos o sus padres??? Tal vez la necesidad de que los niños se conviertan en los mejores en todo, sea un nuevo tipo de adicción para suplir carencias emocionales. El triunfo social, el dinero y el consumismo exacerbado se ha convertido para muchos en paradigma de la felicidad y si por ellos mismos no lo han logrado o no han llegado tan lejos como hubieran deseado (nunca lo que se tiene es suficiente), qué mejor medio que a través de sus hijos. Los niños, se convierten así en moneda de cambio de los deseos de sus padres y ven como ya desde bebés su vida es secuestrada en pro de los absurdos ideales e intereses materialistas de sus progenitores. Desde que nacen, muchos niños no son libres para descubrir el mundo a su ritmo, se les presiona, se les acelera, se les somete a rutinas y se les constriñe en un sinfín de normas y reglas. Así pues, asistimos a la paradoja de que en plena era de democracias y libertades civiles, nuestros hijos son cada vez más prisioneros de absurdas entelequias sociales.

Dejemos a los niños crecer en libertad, a su propio ritmo, realizando sus propios descubrimientos. Dejemos a nuestros hijos ser ellos mismos y maravillémonos ante todo lo que nos enseñan y nos regalan con su asombrosa forma de ser. No fomentemos la competitividad entre ellos, fomentemos la empatía y el altruismo. No fomentemos la envidia, la inquina o la rivalidad, fomentemos la cooperación, la amistad y el Amor. Démosles a nuestros hijos una educación emocional, no una educación materialista. Pues, no nos equivoquemos, no se es feliz por ser más rico, más inteligente o el mejor en cualquier deporte. Se es feliz cuando en tu vida logras la paz mental y esto ni se compra, ni se estudia, se descubre y si carecemos de la educación emocional para alcanzarla, resulta muy difícil evolucionar hasta ella.

Amemos a nuestros hijos y a los hijos de los demás tal y como son y por lo que son, nuestra luz, nuestros maestros.

Texto: Elena Mayorga

Foto Flickr / Pink Sherbet Photography

Acerca del autor

Elena Mayorga Elena Mayorga - emayorga@mentelibre.es Licenciada en Filosofía y Letras. Madre, Escritora, Pensadora y Divulgadora. Escribo principalmente sobre Crianza Respetuosa, Procesos Emocionales de la Mujer, Maternidad y Autoconocimiento . Autora de literatura infantil Respetuosa. Bloguera.